Gris

Carente de metas y objetivos así como de ilusiones. Ausente de mi propia vida dejo pasar los días sin apenas enterarme, y lo cierto es que me alegra ver como se van esfumando porque cada día perdido es un día menos para abandonar la prisión que representa esta vida.

Ya sólo encuentro placer en los recuerdos, pero también hay muchas otras cosas en ellos y de evitar evocarlos en la medida que me sea posible. No me centro ya en las personas tanto como en etapas pasadas, en la época en la que todavía sentía ilusión por las cosas, cuando aún podía fantasear y dejar volar la imaginación sin que esta acabara abriendo heridas mal cerradas. Hoy sólo recuerdo lo que fui y no aspiro ya a tener una vida normal, pues creo que nada podrá hacer que deje de sentirme vacío.

Vivo encarcelado dentro de mí habiendo renunciado a todo contacto con el exterior, no salgo de mi casa salvo para ir a la compra a cumplir con algún otro acto obligado y en lo que va de año no he tenido contacto todavía con ninguna amistad. Lo cierto es que tampoco tengo ya ganas de ello, es más, mi deseo por vivir se reduce a no dañar a aquellas personas que me aprecian ya que para mí la existencia dejó de tener sentido hace mucho tiempo (y aunque querría recuperarlo no veo opciones para mí en este mundo, estoy lleno de apatía y el cansancio que me invade no se cura ya con sueño).

Me siento como ese pez que ha saltado fuera del agua y ya ha dejado de agitar la cola y de saltar una y otra vez golpeándose contra el suelo y ahora simplemente espero a que todo pase, a levantarme un día y ver que ya se va a acabar todo. Me he rendido y no me importa reconocerlo, no tengo motivos para querer extender mi estancia en este mundo: demasiadas mentiras, dolor y decepciones.

No creo que tenga fuerzas para luchar, pero poco importa cuando he perdido ya el deseo de hacerlo.

Comentarios

  1. Leer algunas de tus entradas me ha provocado una especie de déja vú. Es que muchas de las emociones y situaciones que expresas me recuerdan a muchos momentos pasados míos, y es hasta algo escalofriante a veces, recordar.
    ¿Será que la mente nos juega trampas tan sádicas que nos hace dudar de nosotros mismos? ¿De todo? Que todo se pierda en un instante, en un chasquido, como si fuese tan sencillo. Y eso nos provoque tal huracán en nuestras cabezas que se nos vuelva casi imposible controlarlo. Y ahí está el infierno, cuando nos encontramos en el ojo de ése huracán, en ésa calma eterna, y siniestra, ése vacío profundo, hondo, infinito, perdido en medio de la nada. Rodeado de una tormenta tan poderosa que no podemos salir, porque resulta que ése huracán pertenece a nosotros mismos. Perdidos en nuestros propios adentros. ¿Será así?
    Un abrazo, Nesseah.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Resurrección

Una Tarde

El sexo idiota