Robaste mi alma
En tres noches.
Así fue como lo hiciste. Levantaste entre los dos un muro que nada podía traspasar, pero jamás me permitiste apartarme de él; intente en un par de ocasiones robar un beso del hada que tras él se escondía, sin conseguirlo.
¿Qué me lleve de esa noche? Nada y mucho. Tu recuerdo, esa sensación de que todo cerca de ti era magia y a la vez, mil historias de porque jamás podría conquistar el reino en el que tu corazón habitaba. Un imposible para un caballero en busca de su propio grial, tú. La más dulce y alegre de los seres mágicos con los que había topado jamás.
Las cartas tardaban eones en llegar, pero tus respuestas siempre eran bienvenidas, iluminando mi rostro como sólo un ser de tu mundo podría hacerlo. Y con ellas decidimos nuestro próximo encuentro, en la mágica noche agosto, ese cambio de año en tan extraña fecha, y observándote, completamente embelesado, todos tus detalles, tus pequeños brincos de alegría y esa prohibición no escrita que no deberíamos romper, jamás nos dejaríamos llevar por la pasión. Y aunque jugamos con fuego durante las campanadas, y atamos nuestros cuellos con un único collar para ser uno, pues en ese momento era lo que ambos deseábamos; o al menos era lo que yo deseaba. Pero no rompimos el pacto, sólo hubo juego... hasta la explosión. Los gritos, el dolor, no saber dónde bajar. Tuvimos que separarnos, era lo mejor en ese momento; tú te quedaste a aplacar la ira de mi hermano y yo huí con el gigante rubio. Volveríamos a encontrarnos.
Otra fiesta, la noche nunca acaba para las criaturas que la aman. Y esta vez sí, sin nada de alcohol en mis venas cada vez que bailaba junto a ti mi cuerpo deseaba fundirse con el tuyo e intentábamos esquivarnos entonces, un juego al que no podíamos ganar eternamente. Y, finalmente, con los labios más dulces que he probado nunca, abrazando tu cuerpo sudado, te vi. Tus ojos y los míos, intentando esquivarse y mirarse a la vez, esa extraña mezcla de deseo y timidez. Sin separarnos.
"Es complicado"
Y lo fue. Pero nuestros cuerpos seguían buscándose, la magia existía entre nosotros, o al menos yo lo creí así. Y aún la necesito, soy adicto a ella tantos años pasados en balde.
Amaneció, pero las mañanas no cuentan. Sólo importaron las horas que pasamos tumbados bajo la sombre de un parque, buscándonos con deseo, ya sin huirnos. Amándonos de la forma más lasciva que el día nos permitía. Deseando amarnos de otra forma mucho más salvaje.
Lo dejarías todo por mí, dijiste, si yo te lo pidiera. Estúpido de mí que no lo hice.
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