A mi mejor amigo

Debería comenzar hablando de los comienzos de esta amistad, hace ya unos quince años, charlando de nuestras frikadas. No recuerdo bien como llegamos a hacernos tan amigos, a salir juntos, ir a tu piso para echarnos carreras de caballos o hacer megafiestas a las que al final simplemente asistíamos los cuatro de siempre. El gremio.

Durante un tiempo fuimos así, inseparables los cuatro; hasta el punto en el que, encontrando tan poco sentido a la vida, no me importó sacrificarme por uno de nosotros e ir con él a aquella prisión del norte. Éramos amigos, más que amigos, hermanos, y mis valores me impedían dejar en la estacada a cualquiera de vosotros. Al menos en ese momento.

Recuerdo que hubo un tiempo antes, justo cuando comenzamos a salir en grupo, en el que las cosas no eran así. Sólo consideraba hermano a ese al que ya no quiero ni nombrar. Un día habíamos quedado para ir a la piscina pero las sábanas se te habían pegado, así que Maricarmen nos dejó entrar a despertarte. Yo no me enteré hasta la tarde, al regresar de un día en el que no paramos de hacer tonterías de esas nuestras en la piscina, Pedro me mostró una moneda de plata que había cogido de tu cuarto. Sé que lo correcto hubiera sido decírtelo en ese mismo momento, pero en aquel momento, aún te consideraba solamente un colega, no un amigo.

Tiempo después, en los meses que estuve a caballo entre Cáceres y Salamanca, siempre estuviste apoyándome, siempre me escuchaste y me animaste. Miraste por mí, sin que me parase a pensar ni un sólo instante en como podías estar sintiéndote tú, aunque ahora puedo imaginar la difícil situación en la que puse. Y escogiste ser altruista, mirar por mí y no por ti, e imagino que aquellos momentos de felicidad que pasé con esa amiga común, no debieron ser de fácil digestión para ti.

Cuando todo se rompió, seguí sin pensar en que tu podías encontrarte mal, en que todo podía haberte afectado. No me fallaste nunca, siempre estuviste allí apoyándome, sin importar cualesquiera que fueran tus problemas en ese momento.

Sé que cuando te fuiste a Valladolid, lo hiciste pasando grandes penurias. Perder todo lo que tenías aquí y comenzar de nuevo allí, con una situación tan compleja. Todos esos problemas y yo tan sólo te escuché al principio, dejé que el tiempo me distanciase de mis obligaciones hacia ti. Puede que yo tuviera mis propios asuntos aquí, pero jamás antepusiste tu situación a la mía y yo no supe estar a la altura cuando debí.

Miro al pasado y sólo puedo pensar que pude hacer mucho más, apoyarte más y no separarme tanto de ti.

Luego llegó ese maldito verano de hace un par de años. Ese que sirvió para crear tantas tensiones entre nosotros y distanciarnos aún más. ¿La verdad? No puedo echarte nada en cara. Puedo culpar a mi enfermedad de estar mucho más irascible, puedo buscar mil excusas en las que refugiarme, pero tengo claro que no he estado a la altura de lo que te merecías. He de admitir, aunque me duela, que parte de esas tensiones han sido creadas por los celos. No celos amorosos, más bien la envidia de saber que tu podías reír y disfrutar de esa risa y esa mirada, de esas locuras y desvariaciones y de esa cara llena de ilusión cuando cuando cuenta alguna tontería, como si se tratará de una niña pequeña descubriendo algo maravilloso en el mundo.

Son los celos algunos de los muchos sentimientos los que han corroído mi ser. Es un castigo que merezco pues, dijeras lo que dijeras, después de todo lo que habías hecho por mí, lo mucho que me habías aguantado (y ahora más, sabiendo como te has preocupado por mí después), debería haber huido y no participado en ningún tipo de pique estúpido. Sólo por respeto a ti.

Sé que es muy complicado resumir tantos años de amistad, repletos de buenos y malos momentos, en unas pocas líneas, pero esto es algo que creo que debería escribir aquí. He hablado otras veces de ti, siempre cuando estamos enfadados, o casi siempre. Quiero que la poca gente que pueda entrar aquí sepa lo que vales realmente y lo leal que has sido conmigo.

Es una forma de pedirte unas disculpas cuya necesidad negarás, pero que aún así quiero mandarte.

Eres un super-amigo.


Comentarios

  1. Que bien tener un amigo así. Un abrazo!

    ResponderEliminar
  2. La suerte no es sólo tenerlo, es haberlo tenido en mi durante la mitad de la msima.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Resurrección

Una Tarde

El sexo idiota