El Brocense


 Corría el año mill novecientos noventa y tres, en el mes de octubre pasé de estar en un colegio rodeado de los amigos con los que me había críado a estar en una clase repleta de desconocidos. Allí estaba yo, rondando el metro y medio de estaura y unos cincuenta kilos de peso, faltándome aún unos meses para cumplir los catorce, con la inocencia por perder, completamente un niño, rodeado de repetidores y tripidores bastante más salvajes que cualquier persona que me hubiera encontrado hasta entonces. Supongo que esa fue mi inmersión en el mundo real. Hasta entonces había estado relativamente protegido de él, en mis años en la EGB nos habían educado en la igualdad y el respeto a los demás y era algo que todos habíamos llevado a rajatabla, la mayor gamberrada que había visto a nadie hacer en una clase hasta entonces era hablar disimuladamente con el compañero.
Al principio intenté pasar desapercibido; supongo que era imposible esconder mi miedo y aquí fue cuando comencé a ser el objetivo de algunas bromas y comentarios. Sé que en esto influyó, más que el miedo que podía mostrar, el hecho de que mi débil físico comparado con el de chicos que ya habían cumpido los diecisiete, me dejaba completamente indefenso ante ellos. La primera forma que descubrí de librarme de las burlas es una de las primeras cosas que nunca he sido capaz de perdonarme.
Ya no recuerdo como fue, han pasado demasiados años y en su momento no supe la relevancia que tendría ese momento. Recuerdo a un compañero llamado Jose Antonio, un día comenzó a reirse y en ese momento vino a mi cabeza una escena de la serie de dibujos animados Los Autos Locos, en la que el ayudante de Pierre Nodoyuna, un perro llamado Patán (o Risitas, dependiendo de la serie, pues salían en varias series diferentes), se reía de la misma forma. Esa frase tan simple de "Te ríes como Patán" marcó su mote para los cuatro años posteriores; supongo que de alguna forma me di cuenta de que mientras el objetivos de las burlas fuera él, a mí me dejaban tranquilo. Así comenzo una breve etapa en la que yo había dejado de ser el centro de toda broma, hasta que una mujer (más bien una niña) lo complicó todo.

Entonces podría decir que esa chica, Ana, estaba saliendo con un compañero con el que me había llevado bien hasta entonces, Iván. El uno de noviembre quedamos los tres con un amigo mío, Pedro, para subir al chalet de este a pasar el Día de las Castañas. En realidad estuvimos los cuatro echando una partida de rol y hablando bastante; en un momento determinado Iván y Pedro fueron a hacer algo, no recuerdo que fue, pero en mi memoria sí perdura la conversación que tuve con ella. Hablábamos de algo trivial y fue guiando la charla hasta decirme, de forma discreta, que yo le gustaba bastante más que su actual pareja. En ese momento, en el que mi autoestima estaba por los suelos tras el paso al instituto, sentir que una chica podía ver algo bueno en mí (y más una que tenía tres años más que yo).  
A partir de ese momento comencé a acompañarla a su casa (pues se encontraba de camino a la mía) casi todos los días al salir del instituto; luego comenzamos a quedar también por las tardes. Hasta que un día, en el interior de su portal, acabamos teniendo un cara frente a la otra, pegadas, mirándonos fijamente... supongo que ella esperaba a que me lanzara a besarla, puesto que nuestros labios estaban casi pegados y no hizo el menor amago de apartarse, pero tuve que hablar. Recuerdo que le dije que no podía ser yo quien diera el paso que, si quería besarme que lo hiciera pero que, teniendo ella pareja, no era un a decisión que yo pudiera obligarla a tomar; debía ser suya.
Tras un breve silencio, de estos que parecen eternos, me apartó de ella y se excusó diciendo que debía subir a su piso, que debían de estar a punto de comer. Allí pensé yo que quedaría todo y que continuaríamos siendo amigos sin más. Iluso de mí.
A la mañana siguiente, mientras esperaba a que dieran las ocho y media para poder entrar en clase, llegó Iván y sin mediar palabra me dio un puñetazo en la nuez. Supongo que ahí jugó a mi favor el hecho de ser todavía un niño físicamente, pues supongo que de otra forma ese golpe que no me hizo nada, podía haber sido fatal. No sé cuanto duraron ellos, sé que no fue mucho más, lo que sí puedo decir es que ese día empezó mi calvario. El y otro su amigo íntimo, Ricardo, no pararon desde entonces de insultarme y agredirme cada vez que podían; siempre de la forma más valientes que conocían: arrojándome cosas en clase, pegándome en la cabeza por la espalda cuando me veían distraído... Durante unos meses hicieron insoportable mi vida en le instituto y no fue hasta meses después cuando pararon, no por decisión propia, más bien porque un pez más grande les amenazó con comérselos a ellos.
Mis padres estuvieron hablando conmigo de mi mal rendimiento escolar y, no sé muy bien como, acabé contándoles lo mal que lo estaba pasando allí , que era objeto de amenazas, insultos y agresiones de forma diaria. Mi madre es un persona dialogante, por fortuna mi padre es muy consciente del mundo en el que vive y sabe que, muchas veces, el intentar hablar correctamente con la gente o hacer las cosas por los cauces legales no lleva a nada.
Una mañana se presentó en clase de educación física, invitó a salir a uno de los chicos y tuvo unas palabras con él. El vérselas con alguien más grande que ellos sirvió los colocó momentánemente en mi lugar y sirvió para que me dejasen en paz. He de decir que también sirvió para que muchos otros me dieran de lado, aunque bien puedo decir que eran personas que no habían sentido simpatía por mí

En la mentalidad adolescente está bien visto abusar de los más débiles, crea unión entre aquellos que se sienten más fuertes, pero no está bien que los débiles recurran a alguien más fuerte siempre que éste sea uno de sus progenitores.
Durante un tiempo sólo recibí alguna burla y malas miradas, para mí eso no era algo de importancia, comparado con el miedo de poder recibir un golpe en cualquier momento. Es cierto que ser el objeto de comentarios despectivos durante varias horas fue minando mi moral hasta convertir en una auténtica tortura el hecho de tener que ir al instituto, finalmente dejé de hacerlo pero el detonante no fue el cúmulo de insultos.
Un día, durante uno de los debates que surgían en clase de ética, surgió el tema de que si la educación física debía ser una asignatura obligatoria o no. En ese momento y acostumbrado a los profesores que había tenido hasta entonces, yo estaba plenamente convencido de que no debía ser una asignatura. Hasta ese momento los profesores que había tenido jamás habían tenido en cuenta el esfuerzo o la evolución del individuo, simplmente consistía en practicar deportes cuyas normas se presuponía que debía conocer y conseguir alcanzar en las pruebas que ellos dijeran los resultados de la media. La cuestión es que en mitad del debate, Claudio, un chico de diecisiete años y al menos treinta kilos de peso más que yo, decidió defender su postura, contraria a la mía, con el siguiente argumento:

  • ¡Pavo, pavo, más que pavo!

Lo cierto es que siempre he tenido un carácter guerrero aunque mi cuerpo no me acompañase demasiado, así que sin pensarlo respondí:

  • Gilipollas, gilipollas, más que gilipollas.

Su comentario siguiente hizo referencia a los golpes que me iba a llevar cuando la clase terminara. Sí, los hizo delante del profesor que no hizo nada. Ese profesor que debía guiarnos en lo que era la ética y la moral y que demostró no ser la persona más apropiada para ello pues, cobardemente, permitió que en al acabar su clase me agredieran. Recuerdo perfectamente lo rápido que recogió todo para intentar no estar allí cuando ocurriese, aún así ya me había agarrado del cuello antes de que saliera por la puerta y no hizo nada, no dijo nada, ni antes ni después, simplemente huyó.

Recuerdo que tuve más de una semana un moretón grande en la espalda, fruto de una colisión contra unos de los radiadores de clase; una clase que no volví a pisar nunca, no por la agresión en sí, más bien por sentirme completamente indefenso ante la pasividad de los profesores.

Y aquí acabó mi experiencia en El Brocense, bastante desagradable debo añadir. 

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