Campamento UGT (fugas)
Por ahora parece que estoy dedicando los inicios de este nuevo blog a mi yo infantil; cuando aún era un niño sin malicia y muy confiado. Muestra de ello es que un día encontré un billete de 5000 pesetas (sí sí, de las antiguas pesetas) y delante de todo el mundo lo alcé y pregunté: "¿Alguien ha perdido este billete?" Por supuesto alguien lo había perdido... pero dudo mucho que fuera uno de los niños que vino corriendo y con el rostro deslumbrante de emoción a "recuperarlo". Ni me planteé que nadie que no fuera el dueño pudiera decir que era suyo sin serlo; claro, hasta que comenzaron a aparecer dueños y más dueños...
Con el tiempo me malearía y luego volvería a asentarme; supongo que es un proceso por el que todos pasamos durante la adolescencia.
El caso es que, hablando de fugas, recuerdo otra fuga, más parecida a la de un campamento nazi que a las anteriores, que realicé cuando tenía once años. El campamento en cuestión pertenecía a la UGT y, como suele pasar, los monitores no eran más que una pandilla de chiquillos irresponsables que apenas pasaban en muchos casos de los dieciséis y creo que en ninguno de los casos de los veinte. La comida era penosa, la atención igual y obligatoriamente y motivándonos con palabras como patoso e inútil, debíamos hacer un par de horas de ejercicio al día.
Recuerdo una noche en que unos chicos de mi tienda estaban intentando ligar con las chicas de la teinda de mi hermana que rondaban su edad, ell por entonces tenía quince años y escapaba del alcance de los micos de doce que compartían tienda conmigo. Como suele ocurrir en estas circunstancias, cuando los monitores vieron follón quisieron dar una lección a todos y, por supuesto, daba igual que fueran culpables inocentes aquellas personas a las que castigaban. Sin atender a razones recuerdo que en mitad de la circunferencia formada por todas las tiendas de campaña, y a modo de humillación, obligaron a mi hermana a arrodillarse con la ropa de dormir, sin ningún tipo de abrigo y con los brazos en cruz (estos chicos debían ser conocedores ya de lo dictatorial que debe ser la izquierda, porque cumplieron muy bien su papel). Lo que no esperaban ellos, es que en medio del silencio y el miedo provocado por los guardianes de medio pelo, un niño de once años, y aparentaba al menos nueve, les hiciera frente y se levantara para ayudar a la chica que lloraba allí en medio (que era mi hermana). Ignorando sus amenazas e incluso encarándome con ellos. Ese fue mi primer roce con ellos, pero no el último.
Aún hubo dos más.
Recuerdo que había un chiquillo más pequeño aun que yo; a él no le dejaban llamar por teléfono por ser sus padres personas influyentes dentro del sindicato, querían hacerle la pelota que no diera queja alguna de lo mal que lo estaba pasando. Había ocurrido el hecho relatado en la parte superior y mi repuslión hacía esa entidad iba in crescendo. Un día, lo encontré llorando y me contó que le tenían prohibido hablar con sus padres (he de añadir ahora que el chico tendría unos 8 años com máximo, que el lugar más cercano para hablar por teléfono estaba a varios kilómetros y que eso eran los años ochenta: nada de móviles y conexiones en todas partes.... por fortuna me tenía a mí, un chico con una imaginación desbordante, criado en el campo y que hacía poco había visto Acorralado). Sin más dilación di una vuelta por el perímetro, metido ya en mi papel, buscando un punto débil por el cual pudiera saltar aquel chiquillo y, cuando lo encontré, volví.
Lo guie durante un par de horas hasta que pudimos realizar la llamada a sus padres; en el restaurante de carretera le dejaron llamar de forma gratuita cuando les conté la historia. Ni si quiera nos retuvieron cuando volvimos al campamento, esta vez, en lugar de por los montes tal y como lo había guiado antes, lo lleve por camino de la carretera. Aún alardeaba el monitor que nos encontró de que nos había encontrado antes de que pudieramos llegar al restaurante... que sorpresa se llevaría al ver que no fue así.
He de decir que a partir una o dos noches después, podía comer a parte, entrar en la cocina a placer y tenía mi propia tienda canadiense que compartía con un amigo; el hermano mayor de aquel chico al que llevé y que tan poco duró en el campamento, porque por fortuna volvió a su casa.
Con el tiempo me malearía y luego volvería a asentarme; supongo que es un proceso por el que todos pasamos durante la adolescencia.
El caso es que, hablando de fugas, recuerdo otra fuga, más parecida a la de un campamento nazi que a las anteriores, que realicé cuando tenía once años. El campamento en cuestión pertenecía a la UGT y, como suele pasar, los monitores no eran más que una pandilla de chiquillos irresponsables que apenas pasaban en muchos casos de los dieciséis y creo que en ninguno de los casos de los veinte. La comida era penosa, la atención igual y obligatoriamente y motivándonos con palabras como patoso e inútil, debíamos hacer un par de horas de ejercicio al día.
Recuerdo una noche en que unos chicos de mi tienda estaban intentando ligar con las chicas de la teinda de mi hermana que rondaban su edad, ell por entonces tenía quince años y escapaba del alcance de los micos de doce que compartían tienda conmigo. Como suele ocurrir en estas circunstancias, cuando los monitores vieron follón quisieron dar una lección a todos y, por supuesto, daba igual que fueran culpables inocentes aquellas personas a las que castigaban. Sin atender a razones recuerdo que en mitad de la circunferencia formada por todas las tiendas de campaña, y a modo de humillación, obligaron a mi hermana a arrodillarse con la ropa de dormir, sin ningún tipo de abrigo y con los brazos en cruz (estos chicos debían ser conocedores ya de lo dictatorial que debe ser la izquierda, porque cumplieron muy bien su papel). Lo que no esperaban ellos, es que en medio del silencio y el miedo provocado por los guardianes de medio pelo, un niño de once años, y aparentaba al menos nueve, les hiciera frente y se levantara para ayudar a la chica que lloraba allí en medio (que era mi hermana). Ignorando sus amenazas e incluso encarándome con ellos. Ese fue mi primer roce con ellos, pero no el último.
Aún hubo dos más.
Recuerdo que había un chiquillo más pequeño aun que yo; a él no le dejaban llamar por teléfono por ser sus padres personas influyentes dentro del sindicato, querían hacerle la pelota que no diera queja alguna de lo mal que lo estaba pasando. Había ocurrido el hecho relatado en la parte superior y mi repuslión hacía esa entidad iba in crescendo. Un día, lo encontré llorando y me contó que le tenían prohibido hablar con sus padres (he de añadir ahora que el chico tendría unos 8 años com máximo, que el lugar más cercano para hablar por teléfono estaba a varios kilómetros y que eso eran los años ochenta: nada de móviles y conexiones en todas partes.... por fortuna me tenía a mí, un chico con una imaginación desbordante, criado en el campo y que hacía poco había visto Acorralado). Sin más dilación di una vuelta por el perímetro, metido ya en mi papel, buscando un punto débil por el cual pudiera saltar aquel chiquillo y, cuando lo encontré, volví.
Lo guie durante un par de horas hasta que pudimos realizar la llamada a sus padres; en el restaurante de carretera le dejaron llamar de forma gratuita cuando les conté la historia. Ni si quiera nos retuvieron cuando volvimos al campamento, esta vez, en lugar de por los montes tal y como lo había guiado antes, lo lleve por camino de la carretera. Aún alardeaba el monitor que nos encontró de que nos había encontrado antes de que pudieramos llegar al restaurante... que sorpresa se llevaría al ver que no fue así.
He de decir que a partir una o dos noches después, podía comer a parte, entrar en la cocina a placer y tenía mi propia tienda canadiense que compartía con un amigo; el hermano mayor de aquel chico al que llevé y que tan poco duró en el campamento, porque por fortuna volvió a su casa.
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