Momentos
Una de las cosas por las cuales los hombres siempre nos hemos sentidos atraídos, son aquellos lugares en los que convergen dos cosas, dos mundos. Encontramos bellos los amaneceres, ver como el sol rasga la oscuridad con sus rayos creando una increíble gama de colores, apartando el frío y ofreciéndonos su calor; el anocher es también muchas veces contemplado, la llegada de la noche apagando los colores del día, llenándolo todo de tonos fríos que nos relajan. Playas y costas en las cuales se mezclan la tierra y la mar... Y las tardes de domingo.
Cuando estaba en la EGB, contando entonces unos diez años a lo sumo, poca cosa había que me gustase más que las tardes de domingo. Supongo que la mezcla de tiempo libre que aprovechar en la barrera del comienzo de esas clases que tan poco me gustaron siempre, provocaban en mi otra forma de observar las cosas, de manera que veía todo muchísimo más bello.
Recuerdo también con gran cariño otros momentos de mi pasado; el salir corriendo de clase esperando llegar a tiempo a casa para poder ver a Rita y Miliki, bueno, más bien las series de dibujos que echaban en su programa, principalmente los Caballeros del Zodiaco. Serie de la que me volví un auténtico fan.
También recuerdo los claustros, que me obligaban a quedarme una hora más esperando a que mi madre, que era también mi profesora, saliera de clase para que volviéramos a casa. Casi siempre acabábamos en un bar en el que otro grupo de profesores debatía su jornada mientras yo degustaba un triángulo de chocolate y jugaba a Toki en la máquina recreativa del bar.
El último año de clase solía salir por las tardes con amigos, aunque tenía prohibido, en teoría, salir los días lectivos, mis padres estaban volcados en la construcción de nuestra casa en la montaña, a la que iríamos a vivir tiempo después, y durante finales de octavo y primero de BUP tuve todas las tardes para mí. Aunque he de decir que la mayoría las malgasté en estar en la calle, sí que disfruté un montón y tengo grandes recuerdos de esa sensación de libertad que me daba el poder salir de mi casa todos los días, sin centrar mi camino exclusivamente a la idea y vuelta del instituto.
Cuando estaba en la EGB, contando entonces unos diez años a lo sumo, poca cosa había que me gustase más que las tardes de domingo. Supongo que la mezcla de tiempo libre que aprovechar en la barrera del comienzo de esas clases que tan poco me gustaron siempre, provocaban en mi otra forma de observar las cosas, de manera que veía todo muchísimo más bello.
Recuerdo también con gran cariño otros momentos de mi pasado; el salir corriendo de clase esperando llegar a tiempo a casa para poder ver a Rita y Miliki, bueno, más bien las series de dibujos que echaban en su programa, principalmente los Caballeros del Zodiaco. Serie de la que me volví un auténtico fan.
También recuerdo los claustros, que me obligaban a quedarme una hora más esperando a que mi madre, que era también mi profesora, saliera de clase para que volviéramos a casa. Casi siempre acabábamos en un bar en el que otro grupo de profesores debatía su jornada mientras yo degustaba un triángulo de chocolate y jugaba a Toki en la máquina recreativa del bar.
El último año de clase solía salir por las tardes con amigos, aunque tenía prohibido, en teoría, salir los días lectivos, mis padres estaban volcados en la construcción de nuestra casa en la montaña, a la que iríamos a vivir tiempo después, y durante finales de octavo y primero de BUP tuve todas las tardes para mí. Aunque he de decir que la mayoría las malgasté en estar en la calle, sí que disfruté un montón y tengo grandes recuerdos de esa sensación de libertad que me daba el poder salir de mi casa todos los días, sin centrar mi camino exclusivamente a la idea y vuelta del instituto.
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