Alea Jacta Est
Todo bien planeado y dejando los cabos atados. Varias cartas escritas para distintas personas, un mensaje de whatsapp para esa persona a la que no podía escribir, unas disculpas sinceras para alguien a quien aparté de mi vida hace más de un año (sabiendo en parte que este momento llegaría).
Una carta para mi sobrina, esperando que pudiera leerla en el futuro y comprender mis motivos (algo imposible, pues casi nadie lo hace). Otra para el resto de familiares cercanos, ese círculo cerrado que me apoya de una forma que incondicional aunque no lo sepa valorar o sea incapaz de sentirlo. Y una última para los amigos, con un pequeño apéndice dedicado a algunos de los culpables de que la situación hubiera llegado a este límite.
El whatsapp era una simple conversación, sencilla, que intentaba realizar una última buena acción antes del acto atroz que había premeditado. No era atroz porque apreciase mi vida y me fuera a ser arrebatada (o más bien fuese a ser arrojada), lo era porque iba a dejar un dolor inconmensurable en los seres que más aprecio.
La gran mayoría de las personas con las que he tratado tardarían meses en darse cuenta de lo ocurrido, y eso dice mucho de lo solo que puede llegar a sentirse uno. No es que la gente no te aprecie, es que no formas una parte real de la vida de nadie (o de muy pocas personas).
Y así, apartado de la sociedad y tras fingir que vivía unas semanas, adelante la fecha que había escogido para mi partida, por un impulso, del 28 de noviembre al 25 del mes anterior.
Con todo preparado y ordenado sobre la mesa, me tumbé en el sofá y mande un único whatsapp a mi hermana, habiendo ya ingerido una dosis más que letal de sirdalud. 112 pastillas de 4mg; 448mg que superan con creces el máximo de 16 permitidos en casos extremos.
Según todos los médicos presentes durante mi tratamiento algo imposible de creer, salvo por los envases vacíos, ya que cuando fui atendido, varias horas más tarde, ya había digerido el medicamento y el lavado de estómago era inútil. "Tendrías que estar muerto", "Es imposible que viva". Esas fueron las frases que más se escuchaban mientras dejaban todo su esfuerzo en sacarme adelante, junto con mi cuñado, que no paró de forzar mis movimientos para evitar que bajase de las 20 pulsaciones y manteniéndome siempre sobre las 30 e incluso más.
Luego vino el oxígeno, inyecciones de algo que reactivaba mi organismo (¿adrenalina?). Tres al menos que yo recuerde. Los goteros para depurar la sangre y ver el color amarillento de mis manos mientras una parte de mi se arrepentía de lo acometido y la otra sólo quería dejarse llevar.
Recuerdo ser despertado a bofetadas varias veces, vapuleado mientras gritaban mi nombre intentando que permaneciera en este mundo y que no me durmiese (pues si lo hacía probablemente no despertaría más).
Tras ello llegaron las alucinaciones. Extrañas paranoias que prefiero no relatar y que me llevaron a reducir a mi madre y a dos guardias de seguridad antes de rendirme y ser sedado y atado a una cama durante más de 24 horas.
Ahora, días después, tras tanto luchar para mantenerme vivo al menos quiero intentarlo. No ha cambiado mucho y la ilusión no es gran cosa, pero deseo vivir por aquellos que sí quieren que lo haga. Creo que su esfuerzo merece que yo me sacrifique lo suficiente como para no causarles un daño mayor en este mundo ya tan duro.
Y así, tras un periplo de unos cuatro días vuelvo a mi lugar secreto a escribir, a expresarme y a decir que aún sigo aquí, contra todo pronóstico. Y estoy contento por ello (lo que supongo es una buena noticia).
Una carta para mi sobrina, esperando que pudiera leerla en el futuro y comprender mis motivos (algo imposible, pues casi nadie lo hace). Otra para el resto de familiares cercanos, ese círculo cerrado que me apoya de una forma que incondicional aunque no lo sepa valorar o sea incapaz de sentirlo. Y una última para los amigos, con un pequeño apéndice dedicado a algunos de los culpables de que la situación hubiera llegado a este límite.
El whatsapp era una simple conversación, sencilla, que intentaba realizar una última buena acción antes del acto atroz que había premeditado. No era atroz porque apreciase mi vida y me fuera a ser arrebatada (o más bien fuese a ser arrojada), lo era porque iba a dejar un dolor inconmensurable en los seres que más aprecio.
La gran mayoría de las personas con las que he tratado tardarían meses en darse cuenta de lo ocurrido, y eso dice mucho de lo solo que puede llegar a sentirse uno. No es que la gente no te aprecie, es que no formas una parte real de la vida de nadie (o de muy pocas personas).
Y así, apartado de la sociedad y tras fingir que vivía unas semanas, adelante la fecha que había escogido para mi partida, por un impulso, del 28 de noviembre al 25 del mes anterior.
Con todo preparado y ordenado sobre la mesa, me tumbé en el sofá y mande un único whatsapp a mi hermana, habiendo ya ingerido una dosis más que letal de sirdalud. 112 pastillas de 4mg; 448mg que superan con creces el máximo de 16 permitidos en casos extremos.
Según todos los médicos presentes durante mi tratamiento algo imposible de creer, salvo por los envases vacíos, ya que cuando fui atendido, varias horas más tarde, ya había digerido el medicamento y el lavado de estómago era inútil. "Tendrías que estar muerto", "Es imposible que viva". Esas fueron las frases que más se escuchaban mientras dejaban todo su esfuerzo en sacarme adelante, junto con mi cuñado, que no paró de forzar mis movimientos para evitar que bajase de las 20 pulsaciones y manteniéndome siempre sobre las 30 e incluso más.
Luego vino el oxígeno, inyecciones de algo que reactivaba mi organismo (¿adrenalina?). Tres al menos que yo recuerde. Los goteros para depurar la sangre y ver el color amarillento de mis manos mientras una parte de mi se arrepentía de lo acometido y la otra sólo quería dejarse llevar.
Recuerdo ser despertado a bofetadas varias veces, vapuleado mientras gritaban mi nombre intentando que permaneciera en este mundo y que no me durmiese (pues si lo hacía probablemente no despertaría más).
Tras ello llegaron las alucinaciones. Extrañas paranoias que prefiero no relatar y que me llevaron a reducir a mi madre y a dos guardias de seguridad antes de rendirme y ser sedado y atado a una cama durante más de 24 horas.
Ahora, días después, tras tanto luchar para mantenerme vivo al menos quiero intentarlo. No ha cambiado mucho y la ilusión no es gran cosa, pero deseo vivir por aquellos que sí quieren que lo haga. Creo que su esfuerzo merece que yo me sacrifique lo suficiente como para no causarles un daño mayor en este mundo ya tan duro.
Y así, tras un periplo de unos cuatro días vuelvo a mi lugar secreto a escribir, a expresarme y a decir que aún sigo aquí, contra todo pronóstico. Y estoy contento por ello (lo que supongo es una buena noticia).
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