Pánico
Sentimiento reconocido ya con claridad ese que se apodera de mí en tantas ocasiones. Muchas son las sensaciones que provoca en mi interior pero todas tienen el origen en esa misma circustancia: el pánico.
Cuando estoy en la calle y siento como si en mí estuviera el centro de gravedad del mundo y todo se contrajese hacia ese punto, como si el mundo fuera a aplastarme; y en ese momento sólo me inundan las ganas de desaparecer de la calle, de huir a mi casa y esconderme debajo de la manta o encerrarme en mi salón. Me pasa también cuando estoy con gente demasiado tiempo, aunque los aprecie, de pronto necesito soledad y casi me falta el aire y me entran ganas de llorar. Esto último, lo del llanto, me pasa estando en cualquier parte a decir verdad, en casa, en la calle, con amigos o con la familia, y es el motivo por el que suelo llevar gafas de sol, porque siento que son un pequeño escudo para mi alma.
También está ese momento en el que las cosas no salen como deberían y, si es culpa mía, no me faltan las ganas de hacerme daño físico (o lo hago), como si el escozor de los cortes diera una salida a ese dolor interior y me otorgase algo de alivio. Cuando viene por un exceso de incompetencia ajena, como me ha ocurrido hoy en el SEPE, lo cierto es que me debato entre huir y mandarlo todo a la mierda o explotar ya sea pegando voces al inepto de turno... no me han faltado hoy las ganas de coger una silla y destrozar la sala de espera después de tenerme esperando más de una hora por la pereza de un empleado.
Supongo que por fortuna soy tímido y pudoroso y eso ayuda a que ate a mis demonios cuando quieren explotar, pero no son las ganas las que faltan.
Simplemente seguiré consumiéndome, sin esperanzas, mientras sigo preguntándome que pasó con la persona que una vez fui; si es que llegué a serla alguna vez.
Cuando estoy en la calle y siento como si en mí estuviera el centro de gravedad del mundo y todo se contrajese hacia ese punto, como si el mundo fuera a aplastarme; y en ese momento sólo me inundan las ganas de desaparecer de la calle, de huir a mi casa y esconderme debajo de la manta o encerrarme en mi salón. Me pasa también cuando estoy con gente demasiado tiempo, aunque los aprecie, de pronto necesito soledad y casi me falta el aire y me entran ganas de llorar. Esto último, lo del llanto, me pasa estando en cualquier parte a decir verdad, en casa, en la calle, con amigos o con la familia, y es el motivo por el que suelo llevar gafas de sol, porque siento que son un pequeño escudo para mi alma.
También está ese momento en el que las cosas no salen como deberían y, si es culpa mía, no me faltan las ganas de hacerme daño físico (o lo hago), como si el escozor de los cortes diera una salida a ese dolor interior y me otorgase algo de alivio. Cuando viene por un exceso de incompetencia ajena, como me ha ocurrido hoy en el SEPE, lo cierto es que me debato entre huir y mandarlo todo a la mierda o explotar ya sea pegando voces al inepto de turno... no me han faltado hoy las ganas de coger una silla y destrozar la sala de espera después de tenerme esperando más de una hora por la pereza de un empleado.
Supongo que por fortuna soy tímido y pudoroso y eso ayuda a que ate a mis demonios cuando quieren explotar, pero no son las ganas las que faltan.
Simplemente seguiré consumiéndome, sin esperanzas, mientras sigo preguntándome que pasó con la persona que una vez fui; si es que llegué a serla alguna vez.
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