El mal interior

Ayer estuve hablando en la comida semanal de la familia y surgieron algunos recuerdos de cuando éramos pequeños mientras mi hermana y yo hablábamos.

Hoy en día, aunque derrotado por la vida, hay una batalla que vencí hace tiempo y de la que nunca he hablado. Cuando era pequeño, con unos tres o cuatro años, intenté estrangular a mi hermana; años después recuerdo que le tiré una tijera y que, gracias a dios, la esquivo por los pelos. Quizá no pensara en la muerte como al cometer esos actos, pero lo que está claro es que la empatía se aprende.



Con el tiempo me volví un niño que no hacía más que alguna trastada, sin intención de hacer un daño real a nadie, simplemente era el no pensar en las consecuencias de las cosas que hacíamos. Sin embargo de todos los recuerdos que tengo, creo que sí que una parte salió una parte de mí que si estaba disfrutando y que deseaba arrebatar una vida en el momento en el que apretaba el cuello de mi hermana. Por fortuna era un mico de unos tres años y no recuerdo cual de mis padres entró y me separó inmediatamente. La reprimenda ya no la recuerdo.

Pero esa entidad oscura siempre ha permanecido conmigo, es una parte de mí, algo que he utilizado en ciertas ocasiones para salir de problemas pues de alguna forma es capaz de plasmarse en mi rostro y casi convertirme en otra persona. Me he enfrentado a tíos más grandes, a grupos, he arrastrado a un centenar de personas en uno de esos momentos de ira en los que esa parte de mí toma el control. Y yo sólo recuerdo como todo se vuelve cada vez más oscuro hasta que vuelvo a ser yo.

No es algo que controle, muchas son las veces en las que lo he necesitado y no ha aparecido; en esas he evitado el enfrentamiento de una u otra forma e incluso cuando siento que se acerca me intento calmar, pues puedo notar las verdaderas sensaciones que me aporta.

Recuerdo la primera vez que fui consciente de su existencia. Estaba dando de comer a los perros y tuve que llamar la atención de una perra pequeña que teníamos y la pobre me miró aterrorizada y por un momento, ver el terror en los ojos de otro ser vivo me lleno de placer. Fue un segundo antes de que el asco y la culpa se apoderaran de mí por haber tenido esa sensación.

Yo, carcelero de una parte de mí mismo, admito que en más de una ocasión he soltado a la bestia tras haber perdido el control sobre mí por el exceso de alcohol u otras sustancias. Pero a mi favor diré que la otra parte de mí, el que está fuera de la jaula (y a su vez dentro) es completamente opuesta y siente la necesidad de ayudar siempre, es incapaz de mirar hacia otra parte cuando se comete una injusticia o cuando alguien realmente me necesita.

Intento fusionar ambas partes pero llevan tanto tiempo enfrentadas que me siento incapaz de conseguir la estabilidad entre ambas y sigo luchando por intentarlo, sin dejar suelta a la bestia al coste de mi felicidad. Pero a veces el sacrificio es necesario por el bien de los demás.

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