Criptana
Hace apenas 48 horas que falleció la madre de una amiga de la juventud a la que hacía años que no veía, pero con la que aún mantenía contacto. Yo no pertenecí al verdadero núcleo de su grupo de amigos, es más, la conocí como un rollete de una noche hace 15 años y tuvimos una mala temporada tras eso. Con el tiempo, al pertenecer a la misma pandilla, continuamos hablando y trabamos algo más de amistad.
Por un lado me asombró su entereza, aunque hubo momentos en los que no pudo reprimirse y las lágrimas inundaban su rostro, la mayor parte del tiempo aguantó estoicamente el dolor y se ocupó de casi todos los asistentes.
Por otro me apenó muchísimo ver que pese a haber estado hasta los veinte años aquí, con el mismo grupo de amigas durante toda la adolescencia, fui el único asistente de aquella etapa. Hubiéramos sido dos si otra chica no hubiera tenido que trabajar. Pero hasta ella misma me admitió que prefería que no hubiera ninguna de su examigas allí pues no se habían preocupado de mantener el contacto con ella cuando se marchó de Cáceres para buscarse la vida.
Yo admito que llevaba sin verla físicamente nueve años, aunque sí que he mantenido un contacto relativamente regular para saber como iba su vida por allí.
Podría decir que me sorprendió pero mentiría; he aprendido ya lo poco que significan la amistad, las promesas y la falta de sentido del deber que abunda en estos días. En encontrar ese vacío era algo que esperaba.
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