No recuerdo ya cuando fue la última vez que estuve por aquí, aunque haya sido incapaz de olvidar el lugar. 
Simplemente demasiada actividad, a la vez que ninguna, intentando añadir cambios a mi vida y sin parar de correr huyendo de el ser que me persigue, que no es otro sino yo mismo. 

No miro las cicatrices; las físicas es inevitable verlas, pero de las otras huyo y mi huida se transforma en furia. Demasiadas explosiones de ira durante estos días de ausencia; no han faltado las ganas de acabar con todo. 

Esas personas a las que quiero y que me quieren, y que creen que tienen la solución sin darse cuenta de que lo único que consiguen es empujarme más hacia algún otro lado. 


He asumido que es imposible de reparar el daño recibido. No puedo ya sentir más dolor, así que simplemente existo, un auténtico muerto viviente. No para de recordarme esta situación lo irónica que es la vida, como una absurda conversación de una noche de verano tiene ahora más significado de nunca, como esos pequeños desvaríos se han hecho realidad de alguna forma, y como al final el dejarme llevar por el momento, el no usar la cabeza y sí el corazón, acabaron destruyéndolo. Y ahora sin él me siento incapaz de usar la primera. 

Sólo me queda seguir huyendo, sabiendo que volveré a hundirme, sabiendo que volveré a explotar y con la única incógnita de a quién haré daño esta vez. 

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