No importa cuántas veces intente recomponerme, sigo sintiendo mi alma con un cristal roto. Cada vez que lo muevo, intentando hacer algún nuevo arreglo, raja mi interior y puedo sentir de nuevo brotar la sangre en forma de recuerdos, y el dolor que estos traen tras de sí.
Apartado de todo, encerrado en mi mismo, en un mundo hermético. En esas inevitables miradas al pasado soy incapaz de reconocer a la persona que fui. Desconozco el momento en el que desapareció. ¿Cuándo se perdió? Sin respuesta que dar sólo sé que hubo un tiempo en el que no temía nada, la vida era una aventura y estaba deseando vivirla, ver aquello que estaba por venir. Sí, también hubo épocas de sufrimiento, malos momentos. Nunca me había rendido pese a ello, lo asumía como cosas que debían pasar.
Pero siempre es así. Todo parece funcionar bien hasta que un día sin más, te rompes. Te das cuenta de que has perdido la ilusión, que el único motivo para levantarte por las mañanas es intentar esquivar el dolor que te produce el permanecer tumbado; que el día ha acabado bien si sólo has fallado al evitar las lágrimas un par de veces; si delante de los demás consigues mantener esa máscara que ha pasado a formar parte de tu ser.
No me importa que los demás crean que soy un gilipollas. Es algo que ahora mismo prefiero, el hecho de que tengan una mala imagen de mí me ayuda a distanciarme de ellos. O más correctamente, me ayuda a distanciarlos de mí.
Cada día que pasa es uno menos que me queda por sufrir. Y a la vez, un paso hacia la certeza de que no existe más solución. Un paso más lejos de la esperanza, aunque ésta hace tiempo que dejo de ser visible.
Muchas veces hubiera deseado haber muerto ese 11 de enero de hace siete años. Quizá la naturaleza sea los suficientemente sabía como para saber que era ese el momento en el que todo comenzaría a marcharme mal y que, a partir de entonces, todo iba a empeorar. Hubiera sido algo natural y, pese a que también ha habido buenos momentos en estos años, los malos los superan con creces.
Apartado de todo, encerrado en mi mismo, en un mundo hermético. En esas inevitables miradas al pasado soy incapaz de reconocer a la persona que fui. Desconozco el momento en el que desapareció. ¿Cuándo se perdió? Sin respuesta que dar sólo sé que hubo un tiempo en el que no temía nada, la vida era una aventura y estaba deseando vivirla, ver aquello que estaba por venir. Sí, también hubo épocas de sufrimiento, malos momentos. Nunca me había rendido pese a ello, lo asumía como cosas que debían pasar.
Pero siempre es así. Todo parece funcionar bien hasta que un día sin más, te rompes. Te das cuenta de que has perdido la ilusión, que el único motivo para levantarte por las mañanas es intentar esquivar el dolor que te produce el permanecer tumbado; que el día ha acabado bien si sólo has fallado al evitar las lágrimas un par de veces; si delante de los demás consigues mantener esa máscara que ha pasado a formar parte de tu ser.
No me importa que los demás crean que soy un gilipollas. Es algo que ahora mismo prefiero, el hecho de que tengan una mala imagen de mí me ayuda a distanciarme de ellos. O más correctamente, me ayuda a distanciarlos de mí.
Cada día que pasa es uno menos que me queda por sufrir. Y a la vez, un paso hacia la certeza de que no existe más solución. Un paso más lejos de la esperanza, aunque ésta hace tiempo que dejo de ser visible.
Muchas veces hubiera deseado haber muerto ese 11 de enero de hace siete años. Quizá la naturaleza sea los suficientemente sabía como para saber que era ese el momento en el que todo comenzaría a marcharme mal y que, a partir de entonces, todo iba a empeorar. Hubiera sido algo natural y, pese a que también ha habido buenos momentos en estos años, los malos los superan con creces.
Comentarios
Publicar un comentario