Esquivo este lugar, evito pararme a pensar e incluso, en esos momentos en los que la pesadumbre cae sobre mí y mis ojos casi no son capaces de contener las lágrimas, finjo que no ocurre nada e intento buscarme alguna actividad. Juego a engañarme a mí mismo, pero sé bien que eso no es posible.
He dilatado lo inevitable. Sigo hundido, intentar negármelo no conseguirá cambiarlo. ¿Qué ha pasado durante estos días? Nada. Al menos nada fuera de lo normal, un fracaso más acumulado con los médicos en cuanto a mis problemas de espalda, y otro intento que comienza. Más de lo de siempre, demasiados años así.
¿Dónde están mis fuerzas, mis ganas de luchar? Podría tenerlas para enfrentarme y sobrevivir a uno de mis dos problemas. En el pasado, cuando estuve mal, fue el centrarme en las actividades físicas (el poder estar siempre fuera de casa, siempre activo) lo que me permitió salir del pozo; cuando comencé a estar incapacitado y el dolor ocupó (y limitó) gran parte de mi vida, mi mente me ayudo a aguantar, tener a alguien por quien luchar, por quien tener que aguantar. E incluso cuando eso falló, todavía quedaba una pequeña chispa de mi yo pasado en mi interior.
Si alguien pudiera mirar, ver más allá de esta máscara, cada vez más transparente, no podría ver nada ya, sólo un foso sin fin en el que no hay cabida para la esperanza. Así estoy yo ahora. Ya no sé si es que me faltan fuerzas para enfrentarme a la vida, o es que sencillamente no existen motivos que me hagan buscarlas.
Reconozco que el miedo se ha apoderado de mí. Huyo de una sociedad que no comprendo, de las personas, no quiero lastimar a aquellas a las que no conozco y me siento incapaz de confiar en aquellas a las que desconozco.
Soy oscuridad. Un cristal agrietado que apenas puede permanecer siendo un sólo ser, que intenta parecer sano, camuflarse entre los demás... o más bien lo intentaba. Ya no me importa mostrar mi hastío y gritar que no quiero saber nada del mundo. No quiero formar parte de esa sociedad. Ni de esta vida.
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