Sé que te amé, o más bien creo que lo hice. Te quiero, no puedo negarlo ni evitarlo, como tampoco deseo que se confunda ese deseo con el amor. Te quiero porque fuiste una persona importante en mi vida, porque incluso tras cinco años de ausencia, dos más de los que estuviste en mi vida, sigues siéndolo. Ya no puedo recordar el sentimiento. Cuando un recuerdo me viene a la cabeza puedo verme alegre, emocionado, casi puedo sentir el sabor de esa copa de helado de café que compartíamos en Vips, el calor de ese abrazo tras un par de semanas sin vernos o el nerviosismo mientras conducía hacia mi casa tras recogerte en la estación de trenes, esas rápidas miradas para no apartar la vista de la carretera más de lo imprescindible. Recuerdo tantos detalles y sin embargo no puedo recordar el sentimiento. Sólo queda ya un cariño que sólo puedo dirigir esa impresión que dejaste en mí.

Existe también ese arrepentimiento por no haberte tratado tan bien como hubiera debido; por haberte engañado, por no escucharte o no prestarte todo el apoyo que hubiera debido, por no obligarme a entenderte mejor, en definitiva: por no haber aprovechado mejor el tiempo que tuve contigo.

Y el asco. Me repugno por como me comporté después, por la impresión que dejé en ti al intentar recuperar tu amistad... demasiadas veces. Nunca quise agobiarte y lo hice. Quise explicarme, no quería que el último recuerdo que tuvieras de mí fuera el del pesado que no paraba de llamarte. Habíamos quedado en intentar recuperar la amistad y cuando intenté hablar contigo me evitaste una y otra vez, sentiste que te perseguía desde el principio, lo que me hace suponer que fue la pena lo que te hizo secundar mi propuesta.

A partir de aquí ese círculo vicioso en el que cada varios meses recordaba como me veías e intentaba 
remediarlo dándote explicaciones. Explicaciones que ni habías pedido ni querías recibir. Sólo deseaba gritar que era la misma persona que había estado años a tu lado, que era ese amigo que te prometí que seguiría siendo si alguna vez la relación se acababa. Pero no lo conseguí y ahora me odio no sólo por no haber sabido tratarte durante la relación, sino por haber sido incapaz de respetarte después.
Asumí que ya no formas parte de mi vida, ni de la presente ni de la pasada, y he dejado de irrumpir en la tuya, resignándome a ser en ti sólo el recuerdo de los errores que he cometido. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Firme

Una Tarde

El sexo idiota