Caja de los recuerdos

Si mi memoria no me falla, fue el primer regalo que me hizo mi Ally. La recuerdo mucho peor de lo que me gustaría, una caja azul repleta de objetos, diez en total. Cada uno representaba una cosa. Hizo una presentación de powerpoint en la que el dibujo de un caballero, que me representaba a mí, avanzaba por una especie de tablero sorteando los diferentes obstáculos con los objetos que había en la caja.

Si los enumero hoy en día con suerte recordaría la mitad. Creo que en sus orígenes había en ella una bola de cristal, para mirar nuestro futuro, y una espada de plástico, para que pudiera pelear contra mis demonios, puede que el propio CD con el presentación fuera uno de los diez regalos. Lo cierto es que han pasado casi siete años y medio y soy incapaz de recordar casi nada de aquellos momentos. Me queda ya una idea de lo que fue la relación y algunos momentos concretos, lo más especiales o aquellos más simpáticos y que recuerdo con más cariño. Montones de anécdotas, eso sí, muchas menos que las que he olvidado ya.

Aunque estuve con depresión desde poco después de conocerla, prácticamente al medio año tuvimos el accidente de coche y ese fue el detonante de la misma, lo cierto es que realmente empeoré cuando se termino mi contrato en 2008; tras un período de distanciamiento parecía que comenzábamos a hablar como amigos de nuevo y que a fin de cuentas, no la perdería del todo. Me equivocaba.

Sería ya octubre, quizá noviembre, cuando valoré realmente mis opciones en la vida. Lo que tenía, lo que quería, lo que había perdido. Lo cierto es que supongo que la sensación de la pérdida de la mujer con la que, pensaba, iba a pasar el resto de mi vida, algo que entonces deseaba todavía, no lo acabé de asumir hasta ese momento.

Sin nada que hacer, abandonado entonces por mis amigos y con mucho menos contacto con Juanma del que ahora tengo; me vi completamente solo, sin metas ni sueños posibles ya y sólo vi una opción, una salida que ya había barajado muchos años antes, con aquella primera depresión de mi adolescencia. La idea cobró fuerza.

Recuerdo los nervios, mi estado completamente alterado, las lágrimas cayendo en cascada y mis pulmones casi incapaces de aspirar el aire suficiente como para mantenerme en pie. Una nota que dejé sobre la mesa pidiendo perdón a mis padres sin explicar nada más y echarme en la cama tras tomar todo aquello que tenía a mano.

No recuerdo porque vino mi padre a mi casa. Creo que llamaron al móvil para algo y ni siquiera me enteré. Demasiado borroso y ni tan sólo puedo decir que viniesen en el mismo día en el que lo hice, quizá fuera ya el siguiente. Varios días medio dormido y tras ello el duro trago de comenzar a tirar para delante de nuevo.

Finalmente pedí a mis padres que enviaran esa caja con su verdadera propietaria, repleta ya de casi todas las cosas que habían implicado un detalle en nuestra relación. Salvo un libro y dos figuras de una colección que no se encontraban a mano en ese momento. Una caja repleta de peluches, cartas y pequeños y grandes detalles, decenas de recuerdos y momentos. Pensé que así lograría olvidarla.

Creo honestamente que mi padre envió esa caja directa al contenedor aunque siempre ha mantenido que la mandó como le pedí, pues me apenaba demasiado ser yo quien tirase todos esos recuerdos a la basura y prefería que fuera ella la que lo hiciese.

Hace poco vendí esa colección de figuras; en realidad lo hice porque me recordaba a ella y dejé de hacerla en el momento en el que me dejó. Le mandé un mensaje al móvil diciéndole que si quería le ingresaría el dinero correspondiente a las que ella me había regalado. Por supuesto no contestó.

El libro nunca he sido capaz de leerlo; alguna vez he empezado pero me siento como un vampiro sujetando un crucifijo. Algún día tendré que venderlo o dárselo a alguien también. El último recuerdo que me queda.

En esa caja iba también el regalo que más me ha gustado nunca, pues conocedora de mi pasión por los puzzles y mi aversión por los anillos, compró como señal de compromiso un par de colgantes con forma de pieza de puzzle; ambas encajaban a la perfección y cada uno llevaba el nombre del otro.

Yo llevé la mía hasta el día en que esa caja se envió, fuera cual fuese su destino.

Unos años después el resto de recuerdos que tenía de mi juventud, todas las cartas del internado y en especial las que me escribió una amiga llamada Bianca (Tamagotchi en plan cariñoso) desaparecieron de mi casa de una forma misteriosa, pero esa historia ya fue contada aquí.

Me despido tras este enorme rollo, que a pocos puede interesar; pero al fin y al cabo este sitio es para esto, para ir escupiendo pedacitos de mí.

Comentarios

  1. Y bien que haces escribiendo lo que se te pasa por la cabeza. Yo me siento como más tranquila cuando lo hago.
    Y sé a lo que te refieres cuando dices que te sientes como un vampiro sujetando un crucifijo cuando intentas leer ese libro, es una sensación un tanto agobiante también, por lo menos para mí.
    Saber que lo tengo y que es mio, pero la "presencia" de la otra persona sigue ahí, no puedo.

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  2. Exacto, esa es la sensación. Por muy ilógico que pueda parecer... así que tengo el libro por ahí guardado. Además desde hace años soy incapaz de leer algo un poco largo, mi cabeza no da de sí :(

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