Rapado
Durante muchos años fue una de las características a través de la cual podía identificárseme. Hasta los veinticinco años llevé el pelo largo, melena como poco pero casi siempre rondando la altura de mis hombros o por debajo de ellos. He sido conocido por muchos motes debido a mi pelo y era la primera cosa en ser nombrada cuando a una chica se le preguntaba que era lo que le gustaba de mí. Supongo que el apodo que menos me disgustaba era el de Cheyenne, pues mi pelo negro, lacio y liso era muy semejante al de estos; además por aquella época el hecho de que tener un nombre con un aire un poco salvaje, libre o como quiera definirse, me gustaba e iba conmigo. Mi moto era mi montura y en mis tonterías demostraba lo libre que me sentía.
Tras tener el accidente de tráfico, tenía que tener cuidado con aires acondicionados, piscina y casi con cualquier cosa, la única forma de no pasar calor fue la de cortarme la larga melena que había tenido hasta entonces. Lo hice un par de veces más desde entonces, siempre ha sido en momentos cruciales, pero sólo una vez ha sido definitiva, o al menos con rapadas regulares cada quincena. Dejé que el pelo volviera a crecer tras ese verano. No lo corté en los siguientes, ya hasta que, a finales de 2008 lo único que me había mantenido firme tras mi ruptura con mi expareja se esfumó: mi trabajo. Quise entonces dar un cambio radical a mi vida y, como no podía hacerlo, simplemente lo hice con mi cuerpo, pues no quería ver en el espejo a la persona que había sido hasta entonces. Es curioso porque, incluso en ese momento y pese a que me convencí a mi mismo de que lo hacía por eso, aún mantenía en mi cuello esa pieza de puzzle que hacía apenas un par de años me había regalado. Un puzzle que no podría volver a montar jamás.
La tercera vez fue en ese gran fracaso de 2010. Cuando uno de los visitantes que tuve en julio de ese año entro en el baño, rompió el peine que usaba para desenredarme el pelo; prometió que me compraría uno y puesto que era una persona especial para mí, no lo repuse esperando obtener algo que guardaría como un tesoro y que me recordaría una noche muy agradable, pues nada más había entonces. Supongo que fue la primera de muchas mentiras, o al menos la primera que recuerdo. Cuando todo se acabó, odiaba mirarme al espejo, me veía a mí, a la persona a la que todo le acababa saliendo mal y necesitaba ser otro. Fue en septiembre cuando me rapé, tras la boda de mi amiga Patri, pues ella me hizo prometerle que acudiría con el pelo sin cortar a su boda. Así que aguanté con medio peine durante ese tiempo y después me rapé.
Me evitaba en el espejo de todas formas, pero no quiero volver a ser ese chico iluso que fui antes. Tengo muchas cosas que mejorar en mi vida, el simbolismo del pelo corto representa, para mí, el fin de una etapa de mi vida, la muerte de un yo y el intento de renacimiento, en el cual aún estoy inmerso, de otro mejor. Sigue sin agradarme el rostro que veo en el espejo, pues al mirarme a los ojos veo todo lo que arrastra y aunque mi máscara sirva para camuflarme de los demás, es completamente inútil conmigo.
Así que aquí sigo, sin dejar que mi pelo crezca, buscando la persona que quiero ser sin dejar que renazca la que un día fui, la que tantos errores cometió y la que tanto extrañan muchos de mis amigos, o de los que lo fueron.
Tras tener el accidente de tráfico, tenía que tener cuidado con aires acondicionados, piscina y casi con cualquier cosa, la única forma de no pasar calor fue la de cortarme la larga melena que había tenido hasta entonces. Lo hice un par de veces más desde entonces, siempre ha sido en momentos cruciales, pero sólo una vez ha sido definitiva, o al menos con rapadas regulares cada quincena. Dejé que el pelo volviera a crecer tras ese verano. No lo corté en los siguientes, ya hasta que, a finales de 2008 lo único que me había mantenido firme tras mi ruptura con mi expareja se esfumó: mi trabajo. Quise entonces dar un cambio radical a mi vida y, como no podía hacerlo, simplemente lo hice con mi cuerpo, pues no quería ver en el espejo a la persona que había sido hasta entonces. Es curioso porque, incluso en ese momento y pese a que me convencí a mi mismo de que lo hacía por eso, aún mantenía en mi cuello esa pieza de puzzle que hacía apenas un par de años me había regalado. Un puzzle que no podría volver a montar jamás.
La tercera vez fue en ese gran fracaso de 2010. Cuando uno de los visitantes que tuve en julio de ese año entro en el baño, rompió el peine que usaba para desenredarme el pelo; prometió que me compraría uno y puesto que era una persona especial para mí, no lo repuse esperando obtener algo que guardaría como un tesoro y que me recordaría una noche muy agradable, pues nada más había entonces. Supongo que fue la primera de muchas mentiras, o al menos la primera que recuerdo. Cuando todo se acabó, odiaba mirarme al espejo, me veía a mí, a la persona a la que todo le acababa saliendo mal y necesitaba ser otro. Fue en septiembre cuando me rapé, tras la boda de mi amiga Patri, pues ella me hizo prometerle que acudiría con el pelo sin cortar a su boda. Así que aguanté con medio peine durante ese tiempo y después me rapé.
Me evitaba en el espejo de todas formas, pero no quiero volver a ser ese chico iluso que fui antes. Tengo muchas cosas que mejorar en mi vida, el simbolismo del pelo corto representa, para mí, el fin de una etapa de mi vida, la muerte de un yo y el intento de renacimiento, en el cual aún estoy inmerso, de otro mejor. Sigue sin agradarme el rostro que veo en el espejo, pues al mirarme a los ojos veo todo lo que arrastra y aunque mi máscara sirva para camuflarme de los demás, es completamente inútil conmigo.
Así que aquí sigo, sin dejar que mi pelo crezca, buscando la persona que quiero ser sin dejar que renazca la que un día fui, la que tantos errores cometió y la que tanto extrañan muchos de mis amigos, o de los que lo fueron.
Aún así, me sigue gustando más tu pelo largo pero lo acepto :)
ResponderEliminarSé que puede gustar más; forma parte del cambio. Muerte y resurreción ¿No? Esa era otra persona, la que intento construir ahora debe ser mejor, aunque sea más fea.
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