Infelicidad
En busca de la felicidad, una absurda utopía que muchos persiguen. Yo, en cambio, sé que no la encontraré, no pierdo mi tiempo buscándola, mi apatía es tal que ni tan si quiera la deseo. Sólo huyo. Es lo que llevo haciendo toda mi vida y es lo único que se hacer; eso y esconderme.
Hubiera querido ser mucho más fuerte; estar preparado para llevar a cabo el rescate de la damisela en apuros, pero llegado ese momento me di cuenta de que no tenía nada que ofrecer. Las buenas intenciones no sirven para nada en este mundo, no pudo sino tender mi mano e invitarla a correr junto a mí.
Un propuesta que fue rechazada, con buen criterio muy a mi pesar. Y de nuevo intenté hacer lo que mejor se me ha dado siempre: huir, esconderme, escapar de los problemas. Al final me di cuenta de que era de mí mismo de quien quería estar lejos, a quien quería dejar atrás y olvidar. No hay formas de huir de uno mismo; sumergido en un mar de locura y desesperación, de alcohol y cocaína, pasando noche tras noche desde el momento en el que recuperé las fuerzas para salir de mi casa. Corte mi pelo esperando no reconocer a la persona a la que veía cuando me cruzaba con un espejo. Seguí huyendo, vomitando en este blog todos mis sentimientos. Mejorando el arte de fingir que todo estaba bien.
Sabía, desde un principio, que eso eran simples parches que poco podrían ayudarme. Por mucho que a los demás les cueste admitirlo, fue un momento de claridad, provocada por el intenso dolor, en el que te das cuenta de que hay una vía de escape para todo, una forma de dejar de sufrir. Y la tomas.
He envenenado y mutilado esta prisión en de carne en la que me encuentro en diferentes ocasiones. Hasta la muerte me escupe.
Y recordando la disculpa que le dio a Selene al verse descubierta con aquel cinturón de cuero, podría decir que cada vez que compro una caja nueva de pastillas las miro sólo con curiosidad y no como si fueran la llave de mi libertad; que cada vez que me apoyo en mi ventana, mirando al suelo, miro en realidad a la gente que por allí pasea. Desearía pensar que es así, o que es el respeto por aquellos que me quieren lo que evitan que utilice esas llaves e intente cruzar esas puertas, pero es el maldito temor, y no a morir, sino a seguir vivo después de mi intento.
¿Y qué me queda? Encerrarme. Huir a esos recuerdos que no permiten cerrar estar heridas, pero que al menos consiguen mostrarme un momento en el que pude tener entre mis brazos aquello a lo que más amaba.
Ahora mi único deseo es no ser infeliz, durante el tiempo de condena que me queda.
Hubiera querido ser mucho más fuerte; estar preparado para llevar a cabo el rescate de la damisela en apuros, pero llegado ese momento me di cuenta de que no tenía nada que ofrecer. Las buenas intenciones no sirven para nada en este mundo, no pudo sino tender mi mano e invitarla a correr junto a mí.
Un propuesta que fue rechazada, con buen criterio muy a mi pesar. Y de nuevo intenté hacer lo que mejor se me ha dado siempre: huir, esconderme, escapar de los problemas. Al final me di cuenta de que era de mí mismo de quien quería estar lejos, a quien quería dejar atrás y olvidar. No hay formas de huir de uno mismo; sumergido en un mar de locura y desesperación, de alcohol y cocaína, pasando noche tras noche desde el momento en el que recuperé las fuerzas para salir de mi casa. Corte mi pelo esperando no reconocer a la persona a la que veía cuando me cruzaba con un espejo. Seguí huyendo, vomitando en este blog todos mis sentimientos. Mejorando el arte de fingir que todo estaba bien.
Sabía, desde un principio, que eso eran simples parches que poco podrían ayudarme. Por mucho que a los demás les cueste admitirlo, fue un momento de claridad, provocada por el intenso dolor, en el que te das cuenta de que hay una vía de escape para todo, una forma de dejar de sufrir. Y la tomas.
He envenenado y mutilado esta prisión en de carne en la que me encuentro en diferentes ocasiones. Hasta la muerte me escupe.
Y recordando la disculpa que le dio a Selene al verse descubierta con aquel cinturón de cuero, podría decir que cada vez que compro una caja nueva de pastillas las miro sólo con curiosidad y no como si fueran la llave de mi libertad; que cada vez que me apoyo en mi ventana, mirando al suelo, miro en realidad a la gente que por allí pasea. Desearía pensar que es así, o que es el respeto por aquellos que me quieren lo que evitan que utilice esas llaves e intente cruzar esas puertas, pero es el maldito temor, y no a morir, sino a seguir vivo después de mi intento.
¿Y qué me queda? Encerrarme. Huir a esos recuerdos que no permiten cerrar estar heridas, pero que al menos consiguen mostrarme un momento en el que pude tener entre mis brazos aquello a lo que más amaba.
Ahora mi único deseo es no ser infeliz, durante el tiempo de condena que me queda.
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