Me he despertado hoy en unos de esos días en los que los recuerdos han escapado de sus celdas. Sé que puedo sonreír al mundo, pero no sé si tendré la fuerza suficiente como para mantener las lágrimas presas en el interior de mis párpados, pues si los ojos son el reflejo del alma, las lágrimas deben de ser sus gritos.
La lógica ya ha entablado batalla con esa parte subconsciente de mí que se empeña en aferrarse al pasado; yo sigo intentando convencerme de que todo va a mejor, de que hay cosas que permanecerán enterradas para siempre, aunque la única certeza que tengo es la de la enorme confusión que me consume. Querría estar viviendo otra vida, olvidar ésta y vivir alguna mucho más simple, en la que mi mente funcionase de una forma mucho más racional. No puedo librarme de mis sentimientos, no me refiero a unos en concreto, sino al hecho de sentir, algo que desearía no hacer con todo mi ser.
Y no me queda más que verme obligado a seguir respirando día tras días, con un desolado interior vacío de esperanza, repleto del daño causado a los demás, de la culpa y el odio que siento hacia el único responsable real de encontrarme aquí en este momento. Aquel que me ha conducido hasta aquí con sus malas elecciones y sus errores. Si pudiera mirar al pasado y sentir que hubo algo que hice realmente bien, que compense mínimamente todo lo que he hecho mal.
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