De carneros

Hoy por fin, tras varios días agonizando en el fondo del precipicio, he comenzado a recomponerme con la esperanza de comenzar nuevamente la tantas veces fallida escalada. Me obligo a dirigir mis pensamientos a cosas muy básicas: estudio, ejercicio y alguna que otra tontería con la que intentar desconectar en esos momentos en los que las leyes han saturado mi cabeza.

Vuelvo de nuevo a enfrentarme a la gran duda, retomar mi rutina o romperla para visitar a esas persona que tanto me ha dado de forma incondicional. Sé que no será bueno para mí, tampoco lo será para ella ¿Pero no le debo a caso ese presente, como mínimo? Ahora sólo me queda sopesar si la ilusión que pudiera provocar mi visita hará que el daño de la irremediable separación se extienda en el tiempo o se agrande. ¿Es justo abrir la herida por un par de días agridulces? Es posible que la necesidad de hacer ese viaje sea para hacerme creer que he devuelto algo de lo que he recibido, sólo para sentirme mejor conmigo mismo, en lugar de pensar en el bien real que le debo a esa persona.

Dudas que intento apartar el mayor tiempo posible de mi mente. Intento convencerme incluso de que no librarla de la atadura de mi amistad es por no acrecentar su dolor cuando, en mi interior, siento que bien podría ser sencillamente el egoísmo de no quererme negar su lejano contacto.

Mas ¿A caso no ha mejorado la vida de todas aquellas personas que optaron por soltar el lastre que represento?.  De nuevo, difíciles decisiones que habré de tomar para intentar convertirme en la persona que desearía ser; esa de la que poder sentirme orgulloso, o esa que, al menos, no odie.

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