He vuelto a saltar
Me he zambullido en las aguas de Leteo sin ningún efecto y sin que ninguno de los barqueros anteriores se atrevieran a introducirse en el afluente por los peligros que incluso para ellos aguardan. Me zambullo y bebo de sus aguas, oscuras y de metálico saber, son incapaces de hacerme cumplir la penitencias para la que fueron creadas.
Atravesado éste, aun quedarían otros dos, incluso alguien que no conociera el lugar acabaría cayendo en el Estigia debido a la de giros da antes de llegar al gran centro, la ciénaga de los condenados. Allí donde los que no se arrepintieron durante el trayecto son castigados una y mil veces; en mi caso, que busco el pleno olvido, mi simple castigo es recordar: por siempre.
No me importa que algún ente caritativo decida perdonarme, más por aburrimiento que por bondad. Yo no lo haré, no mientras tenga memoria. Grotescas criaturas de pequeño tamaño revolotean, reptan o se acercan con andares extraños hacia mí, observando mis pecados, intentando indagar más allá de lo que pueden ver y no, no comprenden como cosas tan sencillas, errores tan normales, pueden acabar oscureciendo los mejores actos.
Y aquí me quedo, sentando en tan variopinta compañía, mientras olisquean en busca de algo más, de algún de hedor interno, de crímenes horribles, algo que el olor a la carne quemada, que los gritos de la piel desgarrándose una y otra vez, que el hedor de los vómitos expulsados por grietas abiertas por el propio estómago no pueda tapar.
Sólo huelo a la locura del que busca un lugar, por terrible que parezca, en el cual, con suerte, pueda algún día olvidar que amé, que fui traicionado y que jamás quise ser humano.
Tal vez algún día me permitan quedarme allí más de una noche, con aquellos me aceptan sin más, en lugar de ser expulsado en cada despertar a lo que podría haber sido, alguna vez, el famoso Paraíso.
Atravesado éste, aun quedarían otros dos, incluso alguien que no conociera el lugar acabaría cayendo en el Estigia debido a la de giros da antes de llegar al gran centro, la ciénaga de los condenados. Allí donde los que no se arrepintieron durante el trayecto son castigados una y mil veces; en mi caso, que busco el pleno olvido, mi simple castigo es recordar: por siempre.
No me importa que algún ente caritativo decida perdonarme, más por aburrimiento que por bondad. Yo no lo haré, no mientras tenga memoria. Grotescas criaturas de pequeño tamaño revolotean, reptan o se acercan con andares extraños hacia mí, observando mis pecados, intentando indagar más allá de lo que pueden ver y no, no comprenden como cosas tan sencillas, errores tan normales, pueden acabar oscureciendo los mejores actos.
Y aquí me quedo, sentando en tan variopinta compañía, mientras olisquean en busca de algo más, de algún de hedor interno, de crímenes horribles, algo que el olor a la carne quemada, que los gritos de la piel desgarrándose una y otra vez, que el hedor de los vómitos expulsados por grietas abiertas por el propio estómago no pueda tapar.
Sólo huelo a la locura del que busca un lugar, por terrible que parezca, en el cual, con suerte, pueda algún día olvidar que amé, que fui traicionado y que jamás quise ser humano.
Tal vez algún día me permitan quedarme allí más de una noche, con aquellos me aceptan sin más, en lugar de ser expulsado en cada despertar a lo que podría haber sido, alguna vez, el famoso Paraíso.
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