Grande Estupidez

Llegó un momento en el que comencé a ver la vida tal y como era realmente; vi la falsedad en las personas, nuestra auténtica naturaleza, la obligación de tener que vivir con miedo o de escondernos de él. Aún era joven y todavía tenía muchas cosas que experimentar, que probar, cosas que podrían hacer cambiar mi parecer del mundo por un lugar en el que, quizá, mereciera la pena permanecer algo más de tiempo.

Durante casi un año miraba a mi alrededor, completamente hundido, sintiéndome más sólo que nunca, siendo el paño de lágrimas de mi madre mientras mi hermana exploraba su nueva vida, huyendo de lo que había tenido hasta entonces e intentando, por primera vez, disfrutar de lo que era ser una chica normal.

Lo peor de todo es que venimos de lo que yo considero una buena familia, normal, con valores y problemas no demasiado importantes. No nos ha faltado la comida y hemos tenido para pequeños caprichos, que no lujos. Pero en nuestra sangre corría ya una maldición desde el momento en el que fuimos gestados, puede que no con la misma intensidad en ambas vástagos, pero sí es algo que compartimos. Nuestra sangre está manchada con la tristeza que otorga la inteligencia, con el poder darte cuenta de como es todo de vacío en realidad, de lo difícil que es vivir y sentir que vives por algo, pues, aunque sacrificara mi vida por la mejor de las causas ¿De qué les valdría a aquellos que quedan tras de mí?¿No quedarían igual de vacíos que yo, necesitando a su vez sacrificarse por algo más importante, lograr algo?

Yo tenía catorce años bien pasados cuando comencé a darme cuenta de que no quería existir; en esos momentos la situación de mis padres era muy mala. Mi padre quería marcharse a trabajar fuera, a otro país, por la excusa del dinero (no puedo entrar a valorar los motivos reales pues jamás hablé con él de ello). Cada vez que mi madre me recogía en el coche para llevarme a la parada del autobús, o me recogía de la misma, tenía que aguantar un trayecto en el cual dos adultos hablaban de sus problemas personales... bueno, yo ni hablaba, ni era adulto.

Mi padre se iba a marchar; mi hermana había conocido una libertad que yo probaría más tarde y me sentía completamente responsable de mi madre. Eso fue lo que evito que diera el salto por aquel entonces, pero fue cuando comencé a desearlo. Quería morir, pasar ya página y cambiar a la siguiente, si es que la había; y si no fuera así, cerrar la tapa y poner un simple "FIN".

Sé que soy una persona demasiado sensible, intento no pecar de estúpido con mi bondad y, por fortuna, mis condiciones mentales actuales hacen que esa rabia y esa ira que calientan mi sangre me dan fuerza para seguir tirando ¿Pero hacia dónde?.

¿Cómo no iba a tener miedo de pequeño?¿Cómo ser un niño normal? Siempre el último en ser escogido para cualquier actividad, incluyendo los dos chicos con los que acabe pasando la mayor parte de mi infancia en el colegio: Manolo (ciego) y Valentín (límite).   Recuerdo cuantas mañanas esperaba a una decena de metros, tras una esquina de la cochera, mientras mi madre arrancaba el coche; si no se producía ningún estruendo y el coche aparecía por la esquina en perfectas condiciones, podía montar. En otras circunstancias quizá  esos simpáticos "abertzales" habrían volado el vehículo familiar con mi madre dentro. ¿El motivo? Bueno, mi abuelo había sido militar tiempo atrás; esa era suficiente culpa.

El primer curso de instituto, separado de todos aquellos con los que había estudiado hasta entonces, emocionado por encontrarme con un nuevo mundo lleno de cosas por conocer. Mi mayor culpa, la de ser pequeñito, tener un par de años menos de media que el resto de la clase y no tener pelos en la lengua. Pues sí, me las lleve dobladas por todos lados. ¿Y dónde estaban los profesores? Aún recuerdo al padre de cierto consejero de izquierda unida saliendo de clase con una sonrisa mientras un chico que pesaba treinta kilogramos más que yo me empotraba contra un radiador por no haberle dado la razón en una discusión que había surgido en clase.

Tuve que esconder las marcas moradas del metal durante dos semanas.

Mis padres se preguntaban cual sería el motivo de que no fuera a clase. ¿La libertad? El miedo. Cada vez que iba el miedo crecía más dentro de mí; y generalmente con razón, sin capacidad física para defenderme y con las pocas personas a las que les había caído en gracia viviendo sus propias vidas, no siempre salía alguien a defenderme.  Así que opte por la opción más lógica, no volver.

De allí fui al Workthing, un colegio que en sus comienzos, prometía reunir a la élite; sí, a la élite de vándalos que ningún otro centro aceptaba. Durante mi primer año allí logré pasar relativamente inadvertido; tuve algunos encontronazos y bueno, todo el mundo me llamaba autista. En ese momento tenía muy claro que lo único por lo que aguantaba cada día sin dejar mis venas secas era por mi madre, pues me veía como su único apoyo.

Y aguanté todo lo que pude, y no quise cambiar, sólo ignoraba a los que hacían gamberradas. Yo nunca veía nada, yo nunca decía nada, iba a mi bola, aprobaba todo bien y si podía permanecer invisible, pues mucho mejor. Si alguien me pedía ayuda, la daba.

Pero reventé. Estas cosas pasan, un simple comentario, la persona que menos culpa tiene y encima, de la persona a la que más respetaba en el centro. No recuerdo que comentario hice, creo que fue algo de que el agua de caliente de las duchas seguía estropeado. Sin mediar palabra, Fran, el entonces profesor de educación física, se lió a empujones conmigo; me bajo por las escaleras que llevaban a los vestuarios de los que acabábamos de salir y se encerró allí conmigo. No puedo recordar que clase de amenazas soltó en ese momento; no podía oírlo, la tensión me lo impedía. Trataba de analizar que hacía yo allí, un niño de catorce años, a  punto de recibir una paliza por un profesor al que hasta hacía poco tiempo consideraba un amigo.

Al final todo quedó en empujones, gritos y amenazas. Hoy, además de considerarlo uno de los mejores profesionales (o el mejor) en el campo de la educación física con los que me he topado, comprendo perfectamente como un chico de veinticinco años, y con todas las presiones que supe después estaba soportando, acabara estallando. Un hora después entro en clase para hablar conmigo y disculparse; pero era ya tarde; no para la disculpas, era tarde para la reacción que había provocado en mi interior.

Años portándome lo mejor posible, haciendo todo lo que podía por todos, sin hacer más maldad que la que podría hacer cualquier crío inocente.

Dejé de verle toda la lógica a la vida. No había sentido ninguno, ni bueno ni malo. Perdí la ilusión por todo e intenté buscarla, durante los años siguientes allá donde creía que podía estar. Comencé a sentir la rabia y las ganas de explotar en cuanto alguien me picaba; no miraba las consecuencias ¿Para qué?¿Había visto a caso que alguien las pagara, al menos siendo culpable?  Me enfrentaba a los profesores de una forma que les dolía más de la que cualquier compañero pudiera usar; con conocimiento.  Corregía sus explicaciones, otras veces me veía obligado a explicarlas yo para que la gente lo entendiera, ante la perplejidad del individuo solitario que quedaba atónito al ver como en silencio y con respeto, a mí si me escuchaban.  Aquellos que intentaron humillarme en clase, por ego, fueron humillados con algún golpe maestro tras el cual añadía, si es esto lo que sabes, no esperes verme más por aquí. Hablo aquí de mi año en la ESO; 1º de Bachillerato era un lugar en el que pasar las frías mañanas mientras esperaba a que abrieran cierta multitienda en la que podíamos comprar güisqui y refresco por apenas trescientas pesetas; menos de dos euros.

Así todas las mañanas del 96 y parte del 97, me dediqué a beber y a vagar libre por la ciudad; me sentía como un dios. Hasta que finalmente me descubrieron y, nuevamente acabé pasando el último trimestre del año lectivo cursando 3ºBUP.

Por supuesto que ocurrieron mil historias más durante todo este tiempo, pero no puedo escribirlo todo una única vez.

Sólo quiero decir, lo que era la idea principal,  llevo desde los catorce años buscando un motivo para vivir, no uno para morir; una ilusión real que me lleve de auténtica vida y no de este aire plastificado que respiro normalmente. Alguien que magnifique cualquier otra pequeña ilusión. Y soy afortunado, pues en dieciséis años de búsqueda, encontré a dos personas con las que eso me pasó. Pero encontrar y conquistar son dos términos demasiado diferentes...

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