El murciélago
Contaré la historia a la que hacía alusión un comentario escrito en el anterior post.
He de remontarme a comienzos del campamento; cuando hay un grupo de niños siempre hay alguien que dice quién es la guapa y todos los demás suelen seguir esa directriz sin tan si quiera planteárselo. Allí la chica se llamaba Ana, era una chica que había comenzado a desarrollarse muy pronto por lo que ya empezaba a tener atributos femeninos destacados a sus doce años; lo que tenían destacados el resto de chicos de doce años eran las hormonas, obviamente. En mi caso, además de tener once años todavía, estaba el problema añadido de que tardé bastante en madurar (y me tocó hacerlo por las malas, que estaba yo demasiado feliz en mis mundos de fantasía).
Recuerdo que en mi tienda estaba hablando todo el día del pitos y flautas, literalmente, haciendo alusiones al miembro masculino. Si mal no recuerdo, se tiraban toda la noche con una gracia estúpida de hacer sobras con formas fálicas y decir: "¡Mirad, el cipote enmascarado!". Yo era el raro, pero visto el percal, me enorgullezco de haberlo sido.
Ana se lesionó un día; o quizá vino ya con la escayola (la verdad es que no tengo demasiados recuerdos de ella). El caso es que una noche fuimos al pueblo, había allí una verbena y bueno, los críos estuvimos por ahí controlados dando vueltas. Yo tuve la mala fortuna de ponerme malo.
Cuando era crío tenía muchísimos dolores de estómago, como leves ataques de apendicitis que remitían, aunque generalmente el dolor podía ser en cualquier parte y no exclusivo de la zona derecha. El caso es que tras hablar con un monitor me metió en el coche y me dejó descansando hasta que nos llevaron al campamento de vuelta. Esa fue mi cruz, pues los niños me acusaron de haberlo hecho para poder ir con ella en el coche (sí claro, yo creo que les di pena y no me preguntaron si me seguía doliendo, porque no me despertaron hasta llegar al campamento de nuevo).
Si no falla mi memoria, al día siguiente en la piscina estuve hablando con ella durante un buen rato de la mañana, mientras los demás hacían el tonto dentro del agua; otro dato más para que pensasen que se la estaba intentando levantar a ¿Juan? (no puedo asegurar el nombre). En realidad lo que ocurre es que siempre he preferido conversar a hacer el imbécil y que el agua y yo dejamos de ser amigos el día que perdí mis branquias (y hablo evolutivamente hablando, no en esta vida).
Por unas y otras tuve que cambiar de tienda de campaña e irme con mi hermana, que siempre ha tenido que llevarme como lastre a todas partes (gracias Ruth por tu paciencia, aunque no tuvieras mucha). No le tengo apenas cariño a ese campamento ni a la gente que había en él; no parábamos de quejarnos y de decir que queríamos volver a casa, así que un día mi madre se presentó allí en plan "duro" y aunque nos sacó a un pueblo cercano a comer (¡Dios, que gusto ir al baño en privado!) luego nos devolvió a nuestra penitencia.
Durante la comida encontré un murciélago que había sido abatido por un escopeta de perdigones, cosa que supuse por el agujero del diámetro de un balín que tenía en la membrana del ala. Yo, muy ecologista por aquella época, lo recogí y le dí algunas moscas y tenía intención de quedármelo como mascota. Lógicamente no había pensado en los brutos de los compañeros que compartían campamento conmigo.
Sé que ese día se rieron de mí, una vez más, tiraron al murciélago por ahí para usarlo como gracia y con intención de patearlo (por fortuna se quedo en la copa de un árbol, espero que vivo) y luego decidieron que, para rematar, sería muy gracioso hacerme "yuyu". Para los que no sepáis en que consiste esta "gracia inocente", os diré que entre cinco o seis chicos me cogieron de brazos y piernas y usaron mis genitales como ariete, sabiendo que ni de broma iba a lastimar un árbol que tenía más edad que todos nosotros juntos. Sí, bendita infancia.
También puedo decir que perdí el dinero que mi madre me había dado mientras me manejaban como les apetecía ante la apática mirada de una monitora, que no quiso saber nada de eso por ser juegos infantiles; ni del dinero perdido delante de sus ojos. Lo que si recuerdo es que se llevo una buena bronca de mi hermana después.
Por eso no quería hablar del murciélago en la historia anterior, me pareció que la otra había concluido bastante bien y no quería mancharla con la maldita naturaleza humana.
Un pequeño anexo, por si alguna vez alguno de esos niñatos que me martirizaba por pensar que me gustaba Ana, las únicas chica que merecían mi atención allí eran unas amigas de mi hermana, de unos doce años (demasiado mayoesr para mí). Creo que se llamaban Laura y Patricia, pero esto lo confimaré más adelante.
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