Ausencia
De crío me encantaba andar por el monte, el aire fresco llenando los pulmones y siendo exhalado luego, me permitía sentir el ciclo de la vida en mí. Yo pertenecía a él.
Ha pasado el tiempo y con él, la vida ha ido marchitándome. Una primera gran crisis, al asumir como era el mundo real y ver que el mundo en el que yo desearía existir, no lo haría jamás. Acabé huyendo aferrándome en algunos detalles, en algunas personas, como si ellos fueran pequeños asideros en un muro de oscura roca que llevaba al exterior del foso en el cual estaba encerrado.
El aire cambio; o quizás sólo lo hizo mi forma de apreciarlo, ya no noto la vida al respirar. Sí el vacío que deja cada vez que sale de mi cuerpo, un vacío que no se llena por mucho que vuelva a inhalar. Y así ha ido pasando con todo, como si mis manos estuvieran entumecidas por el esfuerzo de años trepando, más doloridas y cubriéndose de sangre por los roces con la roca. Y luego te das cuenta de que no has llegado a ascender, que cada cosa a la que te aferraste para trepar no era más que una roca suelta dispuesta a arrojarte de espaldas al lugar de donde intentas escapar.
En mitad del muro. Encerrado en la oscuridad y te preguntas qué hay. No sé si quiera el porqué comencé a trepar, ya sólo ni tan si quiera te preocupas por el deseo de soltarte, sólo sientes el vacío, el dolor, el frío y la ausencia. Una ausencia de algo que ni tan si quiera sabes que es.
Y tu dolor se extiende a aquellos que te quieren, a los que ya ni si quiera sabes querer. Y no sabes si ser egoísta y despojarte de tu pesadilla. Sólo me preocupan mis padres, no quiero que sufran más penurias de las que les hago sufrir ya, pero tampoco sé cuanto podre aguantarlas yo.
Ha pasado el tiempo y con él, la vida ha ido marchitándome. Una primera gran crisis, al asumir como era el mundo real y ver que el mundo en el que yo desearía existir, no lo haría jamás. Acabé huyendo aferrándome en algunos detalles, en algunas personas, como si ellos fueran pequeños asideros en un muro de oscura roca que llevaba al exterior del foso en el cual estaba encerrado.
El aire cambio; o quizás sólo lo hizo mi forma de apreciarlo, ya no noto la vida al respirar. Sí el vacío que deja cada vez que sale de mi cuerpo, un vacío que no se llena por mucho que vuelva a inhalar. Y así ha ido pasando con todo, como si mis manos estuvieran entumecidas por el esfuerzo de años trepando, más doloridas y cubriéndose de sangre por los roces con la roca. Y luego te das cuenta de que no has llegado a ascender, que cada cosa a la que te aferraste para trepar no era más que una roca suelta dispuesta a arrojarte de espaldas al lugar de donde intentas escapar.
En mitad del muro. Encerrado en la oscuridad y te preguntas qué hay. No sé si quiera el porqué comencé a trepar, ya sólo ni tan si quiera te preocupas por el deseo de soltarte, sólo sientes el vacío, el dolor, el frío y la ausencia. Una ausencia de algo que ni tan si quiera sabes que es.
Y tu dolor se extiende a aquellos que te quieren, a los que ya ni si quiera sabes querer. Y no sabes si ser egoísta y despojarte de tu pesadilla. Sólo me preocupan mis padres, no quiero que sufran más penurias de las que les hago sufrir ya, pero tampoco sé cuanto podre aguantarlas yo.
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