Rabioso

Tres días bien en los que apenas he sufrido tres o cuatro bajones en cada uno de ellos; bastante bueno para mí. Ahora los dolores de la espalda han decidido no abandonarme, siento que estoy excesivamente irascible. Me siento como un animal herido que ataca a cualquier cosa que se le acerca, independientemente de que no tengan nada que ver con el dolor que se sufre.
Vuelvo a desear encerrarme, estoy reconstruyendo esa fortaleza dentro de la cual poder encerrarme; parece que por fin he reunido fuerzas para dejar fuera muchas cosas. Planeo como deberán ser los días aquí, la normalidad, la rutina, la ausencia de nuevas personas y, si es posible, el mínimo contacto con las que ya conozco. Una prisión construida por mí, necesaria, eso sí, para regenerarme un poco, para apartarme de todo lo exterior y crearme un mundo en el que si merezca la pena despertar.
Busco las pequeñas cosas que un día me hicieron felices; huyo de aquellas que al final siempre han acabado haciéndome daño. Toca la parte en la que hay que apartarse de ciertas personas, he de centrar mis fuerzas en intentar avanzar con el peso de mi cuerpo y no puedo permitirme arrastrar los problemas de los demás.

Hoy me he visto obligado a publicar un cartel con normas justo en la entrada de mi casa, muy corrientes y sencillas ellas y, pese a lo lógicas que muchos las ves, he acabado recibiendo un "de alguien que está como tú no me extraña que hagas eso". Esto me lo dice una persona incapaz de darse cuenta del daño que pueden hacer sus palabras. Obviamente he explotado, podría haberme contenido, pero no he querido; deseaba gritar, hacerle ver lo rastrero que era insultar a aquella persona que lleva los cuatro últimos años enderezando su vida, al que se lo ha jugado todo por él y, por desgracia, lo ha perdido.  Hoy no me he callado. ¿Qué me importa que haya tensión? Es mi casa, son mis normas. Puedo tratar a la gente lo mejor que sé, suelo ser un gran anfitrión... pero no un subnormal, a tomarle el pelo a los demás. Mi casa, mis normas.

La puerta siempre es otra opción.

Y así estoy, lleno de ansiedad, de rabia, de ira, de ganas de explotar en tremendo remolino de violencia y destrucción. Estoy hecho una mierda, sí, tengo mis manías, y poca gente encontrará a alguien que de tanta importancia a la moral como yo, a la palabra y a la amistad. Tengo mil defectos y alguna virtud, como la de no obligar a nadie a mantenerse a mi lado o la de saber apartarme cuando ya no puedo aportar nada bueno a la vida de otra persona. Esta última la aprendí demasiado tarde, por desagracia.

Y ahora, en mi casa, con mis pastillas y mis animales, a disfrutar de la soledad. Esperando poder desaparecer de demasiadas vidas, que no vuelvan a mirar para atrás y sigan felices en sus nuevos caminos, sin ésta complicación que soy.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Firme

Una Tarde

El sexo idiota