Mi bunker

El bajón que me pegó el pasado año provocó, entre otras cosas, que surgieran en mi más problemas de los que ya cargaba. Esos ficticios muros que separaban mi yo interior del mundo real habían sido reducidos a ceniza y luchaba por mantener el exterior allí donde estaba.  Incapaz de parecer fuerte constantemente comencé a esquivar las miradas de los demás, a huir de su presencia en la medida en que me era posible. 

Un año después, me doy cuenta de que aunque creo haber comenzado a construir esos muros que me defiendan de las otras personas, de mostrar mis debilidades y que oculten mis pecados. Yo necesito mi intimidad, mi soledad. Ahora la busco atrincherándome, de alguna manera, en mi piso. Puedo compartir ratos con amigos, dentro o fuera de él, preferiblemente me quedo con la primera opción si depende de mí. Me tomo el ir a comprar como si fuera una fugaz incursión en líneas enemigas y en cuanto tengo lo que necesito, o mi estado de ansiedad es excesivo, retorno a la seguridad de mi cubil.

Lo bueno que he conseguido con el blog es ganar facilidad para abrirme a otras personas, también para aclararme conmigo mismo sobre las cuestiones que puedan perturbarme. Ayer estuve hablando con una amiga y me he admitido algo que en el fondo ya sabía, no quiero salir por miedo a los demás, a conocerlos y decepcionarme, a tener que tratar con ellos, a que vean lo podrido que me encuentro ya por dentro en realidad.  A eso le sumo que llevo unos días bastante malos y cuando alguien me toca la moral en este estado puedo acabar reventando de una forma que no me sea agradable; soy muy agresivo hablando, creo que es una forma de alejar a los demás cuando estoy mal. 

Y sin más, me despido, encerrándome cada vez más en mí; intentando evitar al mundo en la medida de lo posible,  fingiendo que estoy bien, o al menos mejor y deseando que los demás pasen de largo sin mirarme, queriendo volverme invisible... o mejor, no haber existido.

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