Hermandad
Unos años después de esa anécdota, mi persona había cambiado bastante. Como adolescente, seguía buscándome a mí mismo, buscándole un sentido a mi vida e intantando dar con aquellos valores con los que sentirme más a gusto.
Uno de ellos era la fidelidad al grupo; el sentirte hermano de personas con las que tenías cosas en común. Una segunda familia escogida por ti para comenzar a sentir esa independencia que tanto necesitamos algunos. Hoy no tengo intención de escribir sobre como acabaron todas esas amistades a las que traté a hermanos, solamente quiero hablar del sentimiento de hermandad como tal, que te llevaba a hacer locuras tales como la de apuntarte a un internado para que un amigo no fuera solo.
Sí, ese fue el motivo principal; siendo sincero conmigo mismo también es cierto que no fue el único. Por aquel entonces, casi tan perdido como ahora, necesitaba explorar nuevas fronteras o al menos separarme un tiempo de todo lo que conocía. Huir por huir. Vivía en una casa con muchas comodidades, mis padres siempre me han tratado genial y, en general, no podía quejarme de nada; pero no era feliz en absoluto. Daba igual que pudiera hacer cualquier tipo de locura, que llegase a emborracharme hasta la inconsciencia, que me jugase la vida de cualquier forma éstupida. Todo por buscar un sentido que jamás llegaría a encontrar, ¿o quizá sí?
El caso es que ese fue el motivo por el cual marche al frío norte. El colegio de la Inmaculada; perdido entre los montes del sur de Salamanca. Barracones con unos doscientos alumnos, literas en plan militar, todas nuestras pertenencias en un armario de menos de un me cúbico para compartir con otro compañero. Obligatoriedad de ir a misa; agua fría, dos duchas a la semana: de dos minutos, cronometradas y en una ducha compartida al mismo tiempo con al menos nueve personas más... todo lujos.
Hay muchas cosas que recuerdo de allí, algunas las echo de menos y otras no. Quiero decir que de allí acabé fugándome al poco tiempo, esa historia la contaré en unos días.
Al volver a mi casa echaba en falta levantarme con todos esos amigos con los que convivía todos los días, ese grupo de personas que te escuchaba y cuyas penas también soportabas tú; el saber que no hay más apoyo entre esas paredes que nosotros mismos. A veces incluso echo en falta el frío aire que cortaba nuestra cara mientras esperábamos a que abrieran la sala del desayuno. El baho; los grupos de chicos y chicas interactuando de forma sigilosa, intentando escapar a las miradas vigilantes de los encargados del patio. Josúe, Luis, Canillas, Chele, César, Teveré... Tamagotchi; todas esas personas que se quedaron con un pedacito de mí y a las que jamás podré olvidar.
De Bianca (Tama, Tamagotchi) me he acordado bastante en los últimos días pues de alguna forma extraña ha desaparecido de mi antiguo cuarto una bolsa con todas las fotos y cartas que he tenido, entre las que había algunas suyas. Cómo me gustaría saber que ha sido de ella y saber que al final sentó la cabeza y está bien; me haría mucha gracia verla ya con críos y eso. Después de catorce años tampoco sería tan raro.
Por las noches había clases de estudio y "el Canillas", el amigo con quien fui, y yo, nos quedábamos todas las noches; un día nos habían castigado y observé que el profesor que vigilaba por la noche sólamente pasaba al comenzar las clases y no volvía a pasar (bueno, supongo que pensarían que era voluntario y que la gente iría porque tenía algo que hacer). Tras la primera pasada del vigilante de turno, saltábamos por la ventana e íbamos a disfrutar de un pequeño paseo por un pueblo en el que no había nadie; pero estaba prohíbido y era de las pocas cosas que se podían hacer por allí. A veces usabamos estas escapádas para llamar a alguien y hablar un ratito; eso sí, siempre contrarrembolso.
¿Qué no echo de menos?
La comida, la higiene, que no pude disfrutar de mi estancia allí tanto como debería al estar, por aquellos entonces, enchochadito con mi amiga Zara (por entonces mi novia, o como se le pueda decir a una chica de quince años); tampoco me gustaba tener que hacer mis necesidades de pie por el estado en el que se encontraban los baños. Recuerdo que alguna mañana, al ir a orinar a primera hora, el agua del wáter estaba completamente congelada y tener que apartar la cara al hacerlo para evitar ciertos tipos de vapores que subían.
Fue mi gran aventura de los diecisiete. Colofón a un verano de locura. Y, al volver de allí, poco a poco, creo que comencé a caer.
Uno de ellos era la fidelidad al grupo; el sentirte hermano de personas con las que tenías cosas en común. Una segunda familia escogida por ti para comenzar a sentir esa independencia que tanto necesitamos algunos. Hoy no tengo intención de escribir sobre como acabaron todas esas amistades a las que traté a hermanos, solamente quiero hablar del sentimiento de hermandad como tal, que te llevaba a hacer locuras tales como la de apuntarte a un internado para que un amigo no fuera solo.
Sí, ese fue el motivo principal; siendo sincero conmigo mismo también es cierto que no fue el único. Por aquel entonces, casi tan perdido como ahora, necesitaba explorar nuevas fronteras o al menos separarme un tiempo de todo lo que conocía. Huir por huir. Vivía en una casa con muchas comodidades, mis padres siempre me han tratado genial y, en general, no podía quejarme de nada; pero no era feliz en absoluto. Daba igual que pudiera hacer cualquier tipo de locura, que llegase a emborracharme hasta la inconsciencia, que me jugase la vida de cualquier forma éstupida. Todo por buscar un sentido que jamás llegaría a encontrar, ¿o quizá sí?
El caso es que ese fue el motivo por el cual marche al frío norte. El colegio de la Inmaculada; perdido entre los montes del sur de Salamanca. Barracones con unos doscientos alumnos, literas en plan militar, todas nuestras pertenencias en un armario de menos de un me cúbico para compartir con otro compañero. Obligatoriedad de ir a misa; agua fría, dos duchas a la semana: de dos minutos, cronometradas y en una ducha compartida al mismo tiempo con al menos nueve personas más... todo lujos.
Hay muchas cosas que recuerdo de allí, algunas las echo de menos y otras no. Quiero decir que de allí acabé fugándome al poco tiempo, esa historia la contaré en unos días.
Al volver a mi casa echaba en falta levantarme con todos esos amigos con los que convivía todos los días, ese grupo de personas que te escuchaba y cuyas penas también soportabas tú; el saber que no hay más apoyo entre esas paredes que nosotros mismos. A veces incluso echo en falta el frío aire que cortaba nuestra cara mientras esperábamos a que abrieran la sala del desayuno. El baho; los grupos de chicos y chicas interactuando de forma sigilosa, intentando escapar a las miradas vigilantes de los encargados del patio. Josúe, Luis, Canillas, Chele, César, Teveré... Tamagotchi; todas esas personas que se quedaron con un pedacito de mí y a las que jamás podré olvidar.
De Bianca (Tama, Tamagotchi) me he acordado bastante en los últimos días pues de alguna forma extraña ha desaparecido de mi antiguo cuarto una bolsa con todas las fotos y cartas que he tenido, entre las que había algunas suyas. Cómo me gustaría saber que ha sido de ella y saber que al final sentó la cabeza y está bien; me haría mucha gracia verla ya con críos y eso. Después de catorce años tampoco sería tan raro.
Por las noches había clases de estudio y "el Canillas", el amigo con quien fui, y yo, nos quedábamos todas las noches; un día nos habían castigado y observé que el profesor que vigilaba por la noche sólamente pasaba al comenzar las clases y no volvía a pasar (bueno, supongo que pensarían que era voluntario y que la gente iría porque tenía algo que hacer). Tras la primera pasada del vigilante de turno, saltábamos por la ventana e íbamos a disfrutar de un pequeño paseo por un pueblo en el que no había nadie; pero estaba prohíbido y era de las pocas cosas que se podían hacer por allí. A veces usabamos estas escapádas para llamar a alguien y hablar un ratito; eso sí, siempre contrarrembolso.
¿Qué no echo de menos?
La comida, la higiene, que no pude disfrutar de mi estancia allí tanto como debería al estar, por aquellos entonces, enchochadito con mi amiga Zara (por entonces mi novia, o como se le pueda decir a una chica de quince años); tampoco me gustaba tener que hacer mis necesidades de pie por el estado en el que se encontraban los baños. Recuerdo que alguna mañana, al ir a orinar a primera hora, el agua del wáter estaba completamente congelada y tener que apartar la cara al hacerlo para evitar ciertos tipos de vapores que subían.
Fue mi gran aventura de los diecisiete. Colofón a un verano de locura. Y, al volver de allí, poco a poco, creo que comencé a caer.
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