El maestro de los escudos

Todos tenemos algunos dones; algunos de nosotros somos buenos en una o dos cosas, otros en muchas más y otros parecemos destinados a fracasar en todo aquello que nos proponemos, pero no por esto dejamos de tener dones.

Yo conozco algunos de los míos. Supongo que mis mayores ventajas son la capacidad para empatizar, lo que me ayuda a mimetizarme con la gente con gran facilidad y a destacar o pasar desapercibido según la ocasión. Tengo otro, mucho menos visible para los demás, acrecentado con esa capacidad mimética  (socialmente hablando) que poseo. La de crear escudos. No estoy hablando ni de escudos físicos ni de ningún tipo de escudo mágico u otras patrañas de protección; hablo de esos escudos o máscaras que muchos usamos para evitar que los demás puedan dañarnos, que puedan ver nuestro verdadero ser.

Sobre todo es esta habilidad la que más veces he usado, por lo que podría considerarme un maestro en ella, capaz de ver quienes se acercan a mí con su máscara defensiva esperando ocultar su verdadero yo; o aquellos otros que ya han encarcelado a ese yo en un lugar más profundo, con un escudo invertido a modo de cárcel para evitar que vuelva a salir y hacerse daño.

He conocido a alguien así hace poco, o eso creo pues siempre puedo equivocarme, veo a alguien que tiene muchas similitudes a mí en su comportamiento con el mundo; con su alma encerrada se deja arrastrar por la vida a través de la inercia de la misma sin miedo a nada de lo que pueda ocurrirle; sin esperanzas. Y en su interior veo una pequeña destrozada por el dolor y las circunstancias, por los golpes asestados por los, a veces tan sádicos, devenires del destino.  La veo congelándose en la oscuridad, probablemente sólo vayan a visitarla ya los recuerdos para recordarle que aún puede sufrir.

Y yo, no veo que puedo hacer para ayudarla. Ya quise ser un héroe, ya ardí con pasión y fracasé; mis heridas no llegaron a cicatrizar y acercarme a esta nueva dama puede hacerme mucho daño... ¿Pero tengo opción? Quizá sí, en las formas; en la prudencia, en lo que uno está dispuesto a arriesgar... algo habrá que intentar y, mientras el dolor sea soportable, buscaré el modo de sacar a esa alma encerrada de su prisión.

Mientras, irónicamente, sigo persiguiendo la forma de deshacerme de la mía...


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