Viaje a Valladolid

La odisea del viaje comenzó antes incluso de irme a dormir. Mis intenciones eran las de levantarme a las siete de la mañana para evitar todo el calor del verano durante el viaje; sabía además que el desvío hacia Armenteros me llevaría un buen rato y que debía hacer varias paradas, puesto que al contrario que en el cómodo asiento del coche, viajar en moto es bastante sufrido para el cuerpo, pese a ser más gratificante para la mente.

Cada vez que me metía en la cama con el silencio de la noche en la montaña como único acompañante, la posibilidad de encontrarme en Valladolid con la parte presente de cierto pasado que tuve allí inundaban mi mente con los hechos que podían desencadenarse si esto ocurría. Creo que al menos en cinco ocasiones tuve que encender la televisión un rato hasta que conseguía olvidarme, el sueño volvía a mí y de nuevo intentaba descansar (sin conseguirlo). 

Sobre las cuatro y algo de la madrugada lo conseguí dejando el ordenador encendido. No sé muy bien cual es el motivo pero me relaja el sonido del ventilador del mismo y me ayuda a pensar menos, supongo que me molesta lo suficiente como para no concentrarme demasiado en mis pensamientos y permitir que el cansancio haga su trabajo.

A las siete de la mañana sonó la alarma y en algo más de cuarenta minutos estaba listo para partir, pues no había preparado la noche anterior para tener algo que hacer antes de meterme en carretera y no ir con los ojos aún pegados.

Pensé en llevarme la cazadora y los guantes más por protección que por frío, pues aquí, por desgracia, el calor llega con la salida del sol y en seguida calienta lo suficiente como para poder ir en camiseta en la motocicleta. Menos mal que lo hice, el norte de Cáceres es bastante más frío y había un par de puertos durante el viaje, he de decir que eché de menos un jersey después de pasar Plasencia.  

Realmente el viaje en sí no es entretenido de contar, son miles de pensamientos mientras el zumbido del aire resuena en tus oídos. Más de cuatro horas subido en la moto durante la ida con unos cuantos descansos en medio para que descansara mi cuerpo y la moto se enfriara un poco.  Es un vehículo de pequeña cilindrada y con la misma aerodinámica que una patada (normal, no frita), así que la velocidad del viaje ha sido de unos 110km/h normalmente, salvo el tramo de ir a visitar el pueblo en el que estudié un par de meses, son unos 60km de carreteras en bastante mal estado y llenas de curvas, aunque ha sido lo que más disfruté en cuanto a conducción. 

Estuve una hora andando por el pueblo, no me atreví a entrar en el recinto del colegio aunque si que miré hacia su interior. Es curioso la de recuerdos escondidos que habitan en nuestra mente esperando a que alguna imagen, sonido u olor los hagan saltar desde su escondrijo a nuestra parte consciente. Siempre he creído que en algún lugar de nuestro cerebro está grabado todo lo que hemos vivido como si fuera una película, hasta el más mínimo detalle.

Voy a centrarme en el viaje y en otro post ya hablaré de mi experiencia en ese lugar o no acabaría nunca de escribir.

La llegada a Pucela se produjo a la hora justa para irnos a comer, creo que sobre las dos o así ya estaba dentro de la ciudad. Y allí estaba, en una zona conocida en la que tantas cosas acaecieron el año pasado, con todos esos recuerdos que preferiría permanecieran ocultos, al menos por ahora. El rato de espera hasta que mi amigo llegó con otra chica y nos pusimos a charlar de tonterías, provocando que la mente dejase el pasado donde debía estar y se centrase en el presente, se me hizo eterno. Nunca es grato enfrentarse a nuestros fantasmas. 

Por fortuna no tuve tiempo de pensar casi nada durante la breve estancia que pasé allí, aunque tuve que tomarme un zumito en el bar donde ese fantasma trabaja y, aunque me hubieran asegurado que no iba a estar allí, estaba aterrorizado.

La gente muy maja aunque creo que mi presencia acrecentó la tensión entre dos de los presentes, que al parecer tenían algún tipo de relación, y pese a que intenté mantener al chico entre la chica y yo e incluirlo en las conversaciones cuando podía, acabaron a gritos (y yo con una cara de circunstancias increíble, todo sea dicho). Sólo espero que no me culpen a mí de nada y sean paranoias mías, que no me hace gracia liarla; al menos no a gente que no me haya hecho nada.

La verdad es que cuando se fueron se calmó la cosa y los demás seguimos de cháchara, hablando, bebiendo e incluso bailando (es que a mí no se me debe dar de beber después de las doce).  Luego vuelta a casa en taxi, dormir un ratito, desayunar en una terraza y vuelta para casa. Todo bastante sencillo el domingo y el viaje de vuelta, por fortuna, pensando más en la gente que había conocido y la experiencia vivida que en otros momentos del pasado. He de decir que el dolor de espalda y la sensación de tener el culo cuadrado por el asiento ayudaron bastante a esquivar pensamientos, pues concentraba la parte de mi atención que no estaba puesta en conducir en ver cómo podía sentarme.

Y bueno, llegada a casa, ducha y comida y follón con mi madre. Cargándose todas las buenas vibraciones que me dejaba el fin de semana. Debería estar ya acostumbrado...

Aquí subo alguna fotico de las prometidas:

Primera parada de la mañana

Armenteros (vease la calidad de la carretera)

Iglesia de Armenteros

Coima (colegio de la inmaculada; internado en el cual estudié un par de meses, sito en Armenteros)

No preocuparse, que voy bien para coger el coche... (nos fuimos en taxi)

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