Tarántula (La odisea de la cucaracha II)

Recuerdo con mucha simpatía cierta conversación mantenida hace casi un año con una amiga vallusoletana que padecía el común mal del miedo a las cucarachas.

Recibí una llamada de madrugada de alguien desesperado que solicitaba, entre risitas histéricas, ayuda moral para combatir a uno de esos bichejos tan repugnantes (una cucaracha).  Se acabó decidiendo por el ataque químico y fumigó su salón con la esperanza de acabar con la instrusa...

Unos treinta minutos después todo había finalizado en una victoria para el equipo humano y quedó en la simpática anécdota que hoy recuerdo (imagino que las cucarachas y sus fans no opinarán lo mismo; como dirían los guionistas de Dogma: No tenemos nada en contra de esos estúpidos animales).

Bien. ¿A qué viene esto? Pues a que me hubiera gustado compartir la lucha que mi madre y yo hemos tenido contra una criatura todavía más espeluznante: la tarántula.

No sé que harán las cucarachas del norte, las de aquí suelen huir al ver que intentas machacarlas. Las tarántulas, al contrario, optan por lazarse como del Amazing Spiderman se tratara y plantan cara con muchas agallas (sí, sin ser peces). Ha intentado mi madre matarla con la fregona sin conseguirlo. Luego, como si fueramos un par de cazafantasmas, iba yo con el mango de la aspiradora y la jefa detrás portando el receptáculo donde debía descansar la bestia.  Ha notado ésta que algo malo tramábamos y decidido lanzarse sobre el tubo de la máquina a medio metro de mi mano; avanzando rápidamente hacia mí que, obviamente he lanzado todo lo más lejos que he podido y he decidido por salir de la habitación para pensar un nuevo plan (los hombres no huímos, hacemos retiradas tácticas).

Hemos buscado por la aspiradora, por el suelo, por la mesa y las parades. Preferimos no remover la gran montaña de papeles  en la que quizá se haya refugiado, no vaya a ser que tenga mal despertar, que con una picadura de araña este año ya me doy por servido.

Optamos por el sabio plan de esperar a que la cosa se tranquilice dejándo el área de combate clausurada con la esperanza de que, retomando sus costumbres, mañana vuelva a estar en el techo.

Y así podré añadir aquí las últimas líneas explicando que todo acabó con otra victoria de los simios sobre los artrópodos y que por ahora no habrá una tercera entrega.

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