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Intento encerrarme en un mundo ya muerto. Arrasado tiempo atrás por tormentas, terremotos y demás calamidades; infectado por la plaga de la melancolía.
No sé donde acabaron los lugares que una vez en el creé, paraísos y fortalezas reducidos a cenizas y ruinas y tal vez ni eso, sólo a un polvo esteril del que nada es capaz de brotar. Intento modelar aunque sea una sombra de lo que fue y el polvo con el que intento construirlo me es arrebatado por el viento. Las tormentas no han cesado aún.
Y desde fuera los comentarios de aquellos que con sus mejores intenciones pretenden que todo vuelva pronto a la normalidad con simplemente chascando los dedos. Mi mundo no puede ser recostruido y yo no tengo el poder de resucitarlo.
Ya ni si quiera agoniza. Yo sí. La desesperación se apodera de mí al verme tan impotente. Busco entre los restos algún recuerdo; cualquier cosa de antes de esta era de cataclismos que lo llevo a la destrucción y no encuentro nada que me ayude, todo lo que hallo me daña. Recuerdos que desearía hubieran quedado enterrados bajo los escombros de esta destrucción para siempre. Cobrando vida propia reptan y se arrastran una y mil veces hasta la superficie para inyectarte su agridulce veneno.

Creo que soy lo único vivo que queda de ese pasado. Mis pulmones aborrecen el aire. Mi corazón está cansado de latir. Me quedaré sentado en este mundo muerto y esperare, sin fuerzas, al día en que por fin mi destino me alcance.

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