Mi Caos

En nuestra sociedad tenemos una opinión predefinida sobre una gran cantidad de cosas; los sentimientos son una más de ellas. La capacidad de amar se considera una virtud, así como la paciencia o el sosiego se ven como valores positivos, mientras sus opuestos ira e impulsividad, se ven como cosas realmente negativas.

En estos años extraños en los que no he parada de buscarme a mí mismo, dudando de todo lo que daba por válido y por correcto, estoy llegando a la conclusión de que la primera verdad es que no el bien y el mal no existen como tal, no son realidades que puedan ser medidas y siempre dependeran de los observadores más que da los hechos tangibles en sí. Partiendo de esta base, sin bien o mal, nada puede ser bueno o malo, pues son valores irreales.

Comparemos amor y odio; el amor te da la capacidad de hacer grandes cosas, puede llegar a darte fuerzas para hacer cosas que crees imposibles y hacerte ignorar toda lógica para conseguir tus objetivos. El odio también. ¿Entonces, qué diferencia a ambas sensaciones para poder decir que una es mejor que otra? Pues bien, creo que el problema reside en la necesidad de reciprocidad que necesita el amor, para hacer feliz a aquel que lo sufre. El odio, por contra, es un sentimiento individual. Podemos odiar a algo o alguien, sin ser necesario que el objeto de este odio muestre sentimiento alguno hacia nosotros.

Envidio pues a aquellos que aprendieron a odiar y despreciar; a aquellos que son capaces de ignorar los sentimientos de los demás, pues su fuerza es mucho mayor que la mía y su sufrimiento, infimo en comparición con el de quienes aman sin respuesta.

Supongo que el premio gordo está en ese amor que si es correspondido, pues casi asegura la felicidad de quienes lo padecen... siendo a la vez una peligrosa arma de doble filo, ya que aquellos que lo han conocido viviran en un mundo lleno de grises fríos hasta que, con suerte, lo recuperen alguna vez.


Así sucede algo semejante con la ira y la calma. Siendo yo un hijo de la primera, he aprendido, con mis múltiples errores, a esperar y controlar esa ira en gran cantidad de ocasiones. Aun he de mejorar, lo reconzoco, pues algunas veces sucede que me convierto en una olla a presión sin válvula y reviento arrollando a amigos y enemigos por igual, con una lengua envenenada por la rabia.  Bien controlada, te ayuda a explotar contra los objetivos concretos para poder machacar a aquellos que se te enfrentan.

El exceso de calma, es también un gran defecto. Pues acabará haciendo que el veneno que de vez en cuando necesitamos dirigir a los demás se quede en nosotros y, poco a poco, nos consuma.

Y tras ellos, la fuerza de la pura indiferencia. El no dar importancia ninguna a alguien de cuya vida formas parte, quizá sin saberlo, y que se consume por la incertidumbre, el desamor o un odio que no consigue dar en su objetivo y vuelve para devorarnos. El  poder que más desearía tener; no sufrir por aquello que ocurra fuera de los muros de mi mente.

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