Feliz Navidad, allí donde estés.

Siempre ando aquí quejándome de lo mal que llevo esto de respirar, quiero hoy variar un poco y agradecer aquellas cosas buenas que he tenido en algunos momentos de mi vida y que no supe mantener.

Hace unos años también estaba jodido, me sentía vacío e inútil y no veía sentido a nada de lo que me rodeaba. La solución de entonces era bastante sencilla. De vez en cuando me desmadraba desatando mi locura interior; perdía el control y, generalmente con el amanecer, mi desbocado yo volvía con fuerzas suficientes para aguantar un poco más. Eso era lo más cercano a la felicidad que conocía y por ende, a la que podía aspirar. Luego una persona apareció en mi vida; con mucho esfuerzo fui habituándome a compartirlo todo con ella, incluso en la distancia. Y con el tiempo conseguí darme cuenta de que era todo para mí; por supuesto, no sin haberme cargado ya la posible relación con mil errores durante esos tres años que compartimos.

El tiempo ha pasado y yo no he parado de pensar, ya no en ella, en la vida en general, en como mejorar como persona y en tantas cosas malas que he hecho y en otras que solamente hice mal. Antes el pensar en ella hacía que la sangre de mis venas se conviertiera en lava, pues lo era todo.

El tiempo no pasa en vano, por fortuna a veces, y aunque sé que es alguien a quien nunca jamás podré olvidar, ahora ya solo me queda un cariño inmortal hacia una persona que ya no conozco, que me mostró el porqué merecía la pena vivir y que sí se puede encontrar lo que yo considero felicidad en este mundo.

Y aunque no creo que vuelva a tener la oportunidad de charlar con ella más, seguiré albergando la esperanza de que algún día podamos hablar del pasado, quizá no con risas, pero sí con cariño.



Allí donde estés, feliz Navidad y sé muy feliz.

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