Tiempo

Un niño vestido con una camiseta de talla supergrande, la lleva como camisón y con ella arrastra la suciedad del suelo dejándola pegada a él. Ese niño que se niega a abandonar la parte inocente que pueda quedar dentro de él todavía, esa parte que vive decepcionada con todo y que desde lo más hondo no para de repetirse que eso no puede ser la realidad.

Crédulo y a la vez desconfiado, deseando poder fiarse de los demás y, cada vez que se obliga a hacerlo, alguien lo traiciona y vuelve su confianza algo mucho más difícil de conseguir. Aun cree en los supuestos valores humanos que tan lejos se encuentran de los que los humanos suelen profesar, en un mundo donde el bien siempre triunfam los buenos acaban ganando y el final siempre es feliz.

Ese niño que se esconde dentro de mí y al que apenas reconozco al mirarle a esos ojos que ahora sólo muestran frutración, decepción y apatía; miro sus ojos en el espejo, cada vez más esquivos incluso para mí. Evita sostener la mirada para que nadie averigüe que esconde realmente dentro de sí, usa gafas de sol a modo de escudo para proteger su alma de indiscretas miradas y blande una forzada sonrisa para proteger sus secretos.

Luego, en soledad, se quita el disfraz de adulto y fantasea con ver todo arreglarase, con hacer grandes cosas,  con ser quierdo y admirado, hasta que en algún momento ve su reflejo en el cristal de una ventana, convertido en espejo gracias a la oscuridad de la noche, y se da cuenta de que su cuerpo sí ha envejecido, que el es en realidad el adulto y el niño no es más que un mero recuerdo de lo que un día fue.

Se dirige decaído a la cama, mientras analiza cuando envejeció a la vez que intenta asumir la realidad que muestra su cuerpo y apartar los engaños que su mente crea para intentar hacer de sus días algo menos amargo.

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