Buenas intenciones
Llegado el fin de semana toca el momento de enfrentarme a mi mismo nuevamente. Opto por recluirme y evitar el contacto, desearía tener alguna obligación que ocupara mi tiempo y me ayudara a evitar el momento de mirarme al espejo.
Decido recluirme por temor a los demás, en el trabajo me es muy sencillo ponerme la armadura y dejar dentro de ella a mi verdadero yo; intento buscar una explicación para saber el porqué ahora me es tan difícil hacer lo mismo.
Hay gente que me llama preocupándose por mí, aprecio su gesto pero no es algo que me ayude, en realidad muchas veces hace que me sienta aun más miserable, culpable no sólo de mis males, también de parte de las preocupaciones de los otros.
Miro hacia atrás, al pasado, buscando en que momento cambié para transformarme en lo que ahora soy. Encuentro una respuesta, siempre fui así. Me doy cuenta de que los únicos momentos en los que no me sentía tan vacío como ahora era por causas ajenas a mi cuerpo. Emborracharme a diario en busca de una felicidad que nada conseguía darme, simplemente evitar estar consciente. No era una cura pero era la única opción que funcionaba.
Como un cáncer esa tristeza interior se fue expandiendo hasta apoderarse de mi ser; cada vez más débil me doy cuenta de que no es un mal causado por algo externo, yo soy esa tristeza y he soy yo quien ha estado consumiendo la vida que había en mí. Ahora, como si de un árbol podrido se tratase, cualquier leve daño externo tiene la capacidad de quebrar mi tronco y dejarme roto. Pero sigo siendo yo el culpable de esa situación para la que no encuentro remedio y me corresponde a mí seguir buscándolo.
Decido recluirme por temor a los demás, en el trabajo me es muy sencillo ponerme la armadura y dejar dentro de ella a mi verdadero yo; intento buscar una explicación para saber el porqué ahora me es tan difícil hacer lo mismo.
Hay gente que me llama preocupándose por mí, aprecio su gesto pero no es algo que me ayude, en realidad muchas veces hace que me sienta aun más miserable, culpable no sólo de mis males, también de parte de las preocupaciones de los otros.
Miro hacia atrás, al pasado, buscando en que momento cambié para transformarme en lo que ahora soy. Encuentro una respuesta, siempre fui así. Me doy cuenta de que los únicos momentos en los que no me sentía tan vacío como ahora era por causas ajenas a mi cuerpo. Emborracharme a diario en busca de una felicidad que nada conseguía darme, simplemente evitar estar consciente. No era una cura pero era la única opción que funcionaba.
Como un cáncer esa tristeza interior se fue expandiendo hasta apoderarse de mi ser; cada vez más débil me doy cuenta de que no es un mal causado por algo externo, yo soy esa tristeza y he soy yo quien ha estado consumiendo la vida que había en mí. Ahora, como si de un árbol podrido se tratase, cualquier leve daño externo tiene la capacidad de quebrar mi tronco y dejarme roto. Pero sigo siendo yo el culpable de esa situación para la que no encuentro remedio y me corresponde a mí seguir buscándolo.
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